domingo, 3 de enero de 2016

¿Qué es el alma?





Cuando era apenas un adolescente leí algunos de los Diálogos de Platón y me sorprendió  que las teorías allí propuestas sobre el alma fueran similares a las  enseñadas en las aulas escolares y que todo el mundo las aceptara como verdaderas.  Me parecía inconcebible que después de 24 siglos de progresos científicos no tuviéramos una mejor explicación del comportamiento humano que la mitología  tomada por el filósofo de las religiones mistéricas de ese entonces. Con el tiempo aprendí que en la otra religión griega, la homérica, la que aparece en la Ilíada y en la Odisea -la de Zeus, Hades y Atenea- no existía esa visión del alma como un elemento espiritual que reencarna, que es responsable ante los dioses y se separa del cuerpo en el momento de la muerte.

Mi sorpresa fue mayor cuando me di cuenta de que tal concepto del alma no existía tampoco en la versión inicial de la religión judía, es decir, en la primera parte de nuestra Biblia, en el período comprendido entre el tiempo de los patriarcas y el exilio babilónico, entre aproximadamente el año 2000 y el  586 antes de cristo.  Nuestros antepasados en materia religiosa no se imaginaban que después de esta vida existiera otra; para ellos solo interesaba un pedazo de tierra para vivir que, según las fantasías propuestas por los sacerdotes, Yahvé les había prometido.  Para ellos, como para el pensamiento reflejado en  los textos de Homero, después de la muerte, todos, buenos y malos, íbamos un mundo subterráneo pero sin juicio previo. 

En la religión egipcia apareció el concepto de la  vida después de la muerte pero inicialmente solo para los faraones y los nobles; el pueblo no tenía esa opción.  Los griegos también fueron clasistas y se imaginaron los campos elíseos como el lugar que esperaba a los héroes después de la muerte.  Pero fue en Persia, el Irán actual, donde se divulgó vez una doctrina muy parecida a la cristiana, en la segunda mitad del siglo VI antes de Cristo, atribuida a Zaratustra o Zoroastro, y de la que probablemente los judíos copiaron  algunas ideas.  Como se recordará, por esos tiempos la mayor parte del pueblo hebreo se había quedado en esos territorios sometido al poder persa, pues apenas unos pocos decidieron regresar a  reconstruir Jerusalén.

Para complicar más este cuento, con el cristianismo nació el movimiento gnóstico que proponía tres elementos constitutivos del hombre: el alma, el espíritu y el cuerpo.  Esa misma trilogía aparece en las cartas de Pablo. De todas maneras el Cristianismo tomó de otras culturas el concepto de alma explicado por Platón para montar su cuento de la maldad esencial del hombre  que requiere de Dios y de un sacrificio máximo para salvarnos, aunque algunos seguidores de Cristo no aceptan esa versión, como tampoco los judíos.  Y para acomodar el mito a la tradición homérica del antiguo Hades, el mundo de las sombras o infierno anterior, rezamos en el Credo que Cristo “bajó a los infiernos”, a esos que “existían” antes, como quien dice a contarles que como él ya había resucitado, todos los muertos iban a ser trasladados.  Suena gracioso.

Recordemos, para terminar, que la ciencia tiene su versión que tendemos a olvidar porque nos desorganiza todo el engranaje y nos puede angustiar.  No existe el alma.  El comportamiento humano se explica por el funcionamiento del cerebro definido por factores genéticos y culturales; mas no hay sujeto; el yo es una ficción de la mente o del lenguaje.  La responsabilidad es la metafísica de  los verdugos.

 



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