Cuando
era apenas un adolescente leí algunos de los Diálogos de Platón y me
sorprendió que las teorías allí
propuestas sobre el alma fueran similares a las
enseñadas en las aulas escolares y que todo el mundo las aceptara como
verdaderas. Me parecía inconcebible que
después de 24 siglos de progresos científicos no tuviéramos una mejor
explicación del comportamiento humano que la mitología tomada por el filósofo de las religiones
mistéricas de ese entonces. Con el tiempo aprendí que en la otra religión
griega, la homérica, la que aparece en la Ilíada y en la Odisea -la de Zeus,
Hades y Atenea- no existía esa visión del alma como un elemento espiritual que
reencarna, que es responsable ante los dioses y se separa
del cuerpo en el momento de la muerte.
Mi
sorpresa fue mayor cuando me di cuenta de que tal concepto del alma no existía
tampoco en la versión inicial de la religión judía, es decir, en la primera
parte de nuestra Biblia, en el período comprendido entre el tiempo de los
patriarcas y el exilio babilónico, entre aproximadamente el año 2000 y el 586 antes de cristo. Nuestros antepasados en materia religiosa no
se imaginaban que después de esta vida existiera otra; para ellos solo
interesaba un pedazo de tierra para vivir que, según las fantasías propuestas
por los sacerdotes, Yahvé les había prometido.
Para ellos, como para el pensamiento reflejado en los textos de Homero, después de la muerte,
todos, buenos y malos, íbamos un mundo subterráneo pero sin juicio previo.
En
la religión egipcia apareció el concepto de la
vida después de la muerte pero inicialmente solo para los faraones y los
nobles; el pueblo no tenía esa opción.
Los griegos también fueron clasistas y se imaginaron los campos elíseos
como el lugar que esperaba a los héroes después de la muerte. Pero fue en Persia, el Irán actual, donde se
divulgó vez una doctrina muy parecida a la cristiana, en la segunda mitad del
siglo VI antes de Cristo, atribuida a Zaratustra o Zoroastro, y de la que
probablemente los judíos copiaron algunas ideas.
Como se recordará, por esos tiempos la mayor parte del pueblo hebreo se
había quedado en esos territorios sometido al poder persa, pues apenas unos
pocos decidieron regresar a reconstruir
Jerusalén.
Para
complicar más este cuento, con el cristianismo nació el movimiento gnóstico que
proponía tres elementos constitutivos del hombre: el alma, el espíritu y el
cuerpo. Esa misma trilogía aparece en
las cartas de Pablo. De todas maneras el Cristianismo tomó de otras culturas el
concepto de alma explicado por Platón para montar su cuento de la maldad
esencial del hombre que requiere de Dios
y de un sacrificio máximo para salvarnos, aunque algunos seguidores de Cristo
no aceptan esa versión, como tampoco los judíos. Y para acomodar el mito a la tradición
homérica del antiguo Hades, el mundo de las sombras o infierno anterior,
rezamos en el Credo que Cristo “bajó a los infiernos”, a esos que “existían”
antes, como quien dice a contarles que como él ya había resucitado, todos los
muertos iban a ser trasladados. Suena
gracioso.
Recordemos,
para terminar, que la ciencia tiene su versión que tendemos a olvidar porque
nos desorganiza todo el engranaje y nos puede angustiar. No existe el alma. El comportamiento humano se explica por el
funcionamiento del cerebro definido por factores genéticos y culturales; mas no
hay sujeto; el yo es una ficción de la mente o del lenguaje. La responsabilidad es la metafísica de los verdugos.
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