La señora del aseo de mi edificio no podía explicarse
que esa caneca de la basura estuviese llena de libros “casi nuevos”. El celador que pasaba por allí trató de
tranquilizarla: “lo que pasa, María, es que los libros ya no valen nada”. Y agregó con el mejor tono ceremonioso de que
fue capaz: “todo está en internet”. El
hombre, que muy probablemente no había leído un solo libro en su vida, resumía
a su manera uno de los mitos que, con muchos otros, empieza a ser desvirtuado por serias investigaciones en
todo el mundo.
Google, un engaño continuo. El exrector de la Universidad Nacional,
Moisés Wasserman, denunció hace pocos
meses las falsas informaciones que se repiten en las páginas de Google. Si algún fanático de la religión ecológica,
por ejemplo, publica alguna mentira contra los cultivos transgénicos, es
rápidamente repetido por algunos de sus colegas para llenar muchas páginas. Hay fanáticos veganos, animalistas,
musulmanes, cristianos, ambientalistas, alternativos, comunistas y de otras
sectas dispuestos a repetir en Google las falacias que mejor se acomoden a su
credo.
Las redes no son tan grandes. Otra investigación mostró que los amigos de
Facebook y otras redes sociales son grupos de la misma localidad o municipio y,
a veces, hasta del mismo barrio, partido político o secta religiosa que no
hacen más que repetirse su propias mentiras o convicciones: un diálogo de yo
conmigo. Si alguien no piensa como yo,
lo bloqueo.
“Con internet y los usos tecnológicos de la
información, los inteligentes se vuelven más inteligentes; los de baja
inteligencia, los menos cultos, se tornan más tontos”, según un estudio
comentado por Umberto Eco y que generó gran escándalo. Esa es una conclusión muy lógica que se repite
con la televisión, la radio o cualquier otro medio. Internet es como una gran ciudad con
bibliotecas, cines pornográficos, iglesias, sedes de Estado Islámico, páginas
de las FARC, etc., y usted escoge a cuál ingresa. Los incultos, por lo general, no van a las
bibliotecas…
Mas la cultura no está en internet; está en nuestro
cerebro. Según la opinión generalizada,
no tiene sentido conservar un libro físico si cualquier información o dato que
yo necesito, lo encuentro en segundos.
Sin embargo, es la información que yo poseo o la estructura mental que
he logrado con el estudio lo que me permite distinguir las fuentes o hacer el
análisis de lo que leo o miro.
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