miércoles, 9 de marzo de 2016

EL PAPA Y EL MUCHACHO



Cuando en el año 1988 se prohibió en Colombia la exhibición de la película dirigida por Martin Scorsese, La última tentación de Cristo, corrí a la librería más próxima a comprar la novela de Niko Kazantzakis en que se había inspirado, para tratar de entender los motivos del inquisidor. Mi sorpresa fue fenomenal porque encontré  una de las metáforas  más sublimes del amor.  Como se recordará, el Diablo toma la apariencia del ángel de la guarda y convence a Jesús en el momento de su agonía en la cruz para que se imagine o sueñe cómo habría sido su vida enamorado, conformando una familia y repitiendo el mismo libreto de todos los hombres al lado de María Magdalena, primero y, después de la muerte de esta, en compañía de las hermanas de Lázaro, Marta y María.  “En el mundo no existe más que una sola mujer, que tiene innumerables rostros”.   El mensaje de la novela y la película era obvio: es tal la dignidad de las relaciones sexuales y de la familia que se convierten en una tentación para el mismísimo hijo de Dios.   Entonces me pregunté si realmente yo sabía leer pues no encontraba una justificación para la prohibición de la película.

Pensaba en estas cosas cuando preparaba tres artículos publicados sobre la historia del papado y me encontré con los enredos amorosos Julio III (1550 – 1555). Antes de ser elegido, el papa se había enamorado  de un joven napolitano, de esos que deambulan por las calles para arrebatarle una oportunidad a la vida.  Debió ser muy hermoso Innocenzo porque Julio III logró convencer a su hermano para que lo adoptara como hijo, lo consagró cardenal a los 18 años y lo encargó de las relaciones diplomáticas de la Iglesia.  La  expresión “nipote” significa sobrino.  De allí viene “nepotismo”, el deporte preferido de todos los gobernantes y que consiste en aprovechar el trono para llenar de puestos, contratos y privilegios a los familiares.    Pues bien, como en ese entonces la Iglesia romana enfrentaba la Reforma, intentó sanearse un poco y había restringido el nepotismo de los papas aunque mantuvo la autorización para que pusieran en algún puesto de confianza y manejo a un sobrino.  Aunque esta historia terminó mal porque Innocenzo resultó un inepto y un delincuente, como podría esperarse, nos lleva a la misma conclusión de la última tentación de Cristo: son tan dignas y respetables las relaciones homosexuales que hasta los representantes de Dios las han disfrutado.

Vuelvo al libro de Kazantzakis para resaltar otras de sus características geniales.  La ficción permite al autor hacer una nueva interpretación de los evangelios, que se aproxima a los análisis modernos de carácter histórico.  Por ejemplo, en su fantasía Jesús llama a Pablo mentiroso, lo mismo que a Mateo, el autor de uno de los evangelios.   Quizás aquí se encuentran las razones que tuvo la Iglesia para prohibir la película.  Por otro lado, el demonio  o “ángel de la guarda” explica a Jesús el valor de las cosas pequeñas de la vida, el amor a la naturaleza y de la grandeza de lo humano.  Cuando Jesús desciende de la cruz y observa el maravilloso paisaje, pregunta:
-        ¿Es ese el reino de los cielos que yo anunciaba a los hombres en la tierra?
-        No, no –respondió el ángel, riendo--.  Es la tierra.
-        ¿Y cómo cambió tanto?
       -   No es ella la que ha cambiado sino tú.  Antes tu corazón iba contra la voluntad de la tierra, pero ahora la acepta (…)  El reino de los cielos, Jesús, es la armonía entre el corazón y la tierra. 

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