Los seres humanos llevamos un poco más de 140.000 años
sobre este hermosos planeta y hace apenas unos once mil que iniciamos la
agricultura, construimos las primeras ciudades y nos volvimos sedentarios. Este último evento es muy importante en
nuestra evolución porque significa que en ese entonces empezamos a superar el miedo
al otro, al extraño, al extranjero, al miembro de otra tribu.
Era tal el susto que nos producía el otro que el
canibalismo ha sido interpretado como la primera estrategia usada para intentar
obviar el perjuicio que aquel nos podía causar.
Comerse al otro era asimilar sus poderes, volverlo inofensivo, para que
no pudiera atacarnos desde el mundo de los muertos. Como también nos aterrorizaban la naturaleza
y los animales, divinizamos mujeres, hombres, animales y fenómeno naturales
inexplicables. Los dioses eran entonces
los otros, agresivos, caprichosos y siempre insatisfechos, como hoy. Aparecieron los sacerdotes o augures para
descifrar las intenciones perversas de los dioses en las vísceras de un animal
o en los sucesos extraordinarios.
Pensamos que una buena forma para apaciguarlos podría
ser invitarlos a un banquete o sacrificio, en el que nosotros consumiríamos
parte de un animal y quemaríamos el resto para ellos. Otra veces,
sacrificábamos seres humanos para que los dioses disfrutaran más. Más tarde nos dimos cuenta de que esa comida
no les agradaba. Nos creímos importantes,
establecimos un solo dios, el nuestro, y nos
convencieron los nuevos sacerdotes de que el único sacrificio para
calmar la ira de Dios era el de su hijo, para que nuestro miedo ancestral fuese
abolido y por fin fuésemos felices. Pero
el monoteísmo agravó el problema cuando inventó el demonio, el pecado y el
infierno. ¡Más horror! Vamos a misa a escuchar los gritos
terroríficos del cura.
En el siglo XIX llegaron los marxistas y nos dijeron
que Dios no existe; que Él era una coartada imaginaria del verdadero otro real:
el burgués, el rico. Porque el rico es
el otro espantoso, Juampa y Maduro toman su dinero (impuestos) en el norte y lo
entregan a los pobres del sur. Y como los
comunistas y populistas no pudieron
conjurar el peligro, el miedo ha regresado con un ímpetu superior al soportado
por el caníbal. El otro viene ahora con
armas automáticas gritando que Alá es grande y no soporta bromas. El otro, humano, divino, infernal o
extraterrestre, nos acecha por todas partes. Desconfiamos del otro como hace 140.000 años.
Mejor no use el ascensor...
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