Vamos al año 1492, cuando Cristóbal Colón nos
descubrió, y repasemos otros acontecimientos importantes ocurridos ese mismo
año: un cardenal de origen español, llamado Rodrigo Borja o Borgia, compró los
votos de algunos de sus colegas para que lo eligieran Papa con el nombre de
Alejandro VI; los bárbaros reyes católicos tomaron la ciudad de Granada, el
último centro cultural y económico musulmán de España, y aprovecharon también
para sacar de su territorio a los judíos que todavía quedaban; ese año murió
Lorenzo el Magnífico, de la poderosa familia Medici, la misma que en los años
siguientes logrará imponer a algunos de
sus miembros en el trono del apóstol Pedro.
En el año de 1493, el nuevo Papa, sin consultar a su hermosa amante,
Giulia Fernese, ni a sus nueve hijos, decidió que tenía el poder, dado por el
mismo Dios y el emperador romano Constantino, de repartir los territorios
recién descubiertos entre españoles y portugueses, utilizando documentos falsos
como suporte. Esa declaración del Papa
podrá leerla usted mismo aunque en latín.
Por favor, no se ría cuando vea
la traducción.
Pocos años después, en 1517, un sacerdote llamado
Martín Lutero publicó, en una ciudad de lo que luego sería Alemania, 95 tesis de Teología para ser discutidas en la
academia y que incluían tremendas críticas a la desprestigiada Iglesia de Roma,
sobre todo relacionadas con el sucio negocio de las indulgencias: por unas
cuantas monedas para construir la basílica de San Pedro usted podía asegurar el
perdón de sus pecados y comprar un lote en el cielo para usted mismo o para un
familiar que estuviese penando en el Purgatorio. Existe el documento que declaró herejías 41
de las 95 tesis de Lutero y lo excomulgó.
El Papa León X era Juan de Medici,
hijo de Lorenzo el Magnífico. Corría el
año 1519. Más tarde, mientras muchos
príncipes de Europa central y del norte apoyaban la rebelión de Lutero como una
forma de liberarse de los abusos de los papas, en Inglaterra, Enrique VIII se
aburría con la fría española Catalina de Aragón y decidió pedirle al Papa, otro
Médici, Clemente VII, que anulara su matrimonio para casarse con la bella Ana
Bolena. Usted puede leer en los archivos
vaticanos las amenazas que el rey inglés le enviaba al Papa y la negativa de
este. Así nació la Iglesia
Anglicana. Ya vamos en 1530.
Pasemos a 1543 cuando muere el monje polaco Nicolás
Copérnico luego de publicar su teoría heliocéntrica según la cual la tierra gira alrededor del sol. La Iglesia sostenía,
como el pagano Ptolomeo en el siglo II, que la tierra era el centro del Universo
y que los planetas y las estrellas giraban en torno a ella. Casi un siglo después, otro estudioso,
Galileo Galilei, italiano, demostró ayudado por un telescopio que Copérnico
tenía razón. Si no se retractaba de sus
escritos, la tenebrosa Inquisición lo torturaría y luego lo llevaría a la
hoguera, por lo que el pobre viejo de 70 años escribió un documento en nombre
de la ciencia humillada por la soberbia e ignorancia del clero.
Por favor, cuando usted vaya a Roma y lea la versión
castellana de la confesión de Galileo,
contrólese a pesar de la ira que usted sentirá, sobre todo cuando piense que
esa religión oscurantista fue la que se coló en las carabelas de Colón y
mantuvo a nuestra América en las tinieblas durante cinco siglos. Estas son palabras de Galileo: “(…) Por lo
tanto, deseando borrar de la mente de vuestras eminencias, así como de las de
todos los fieles cristianos, esta grave sospecha, concebida razonablemente en mi
contra, con el corazón contrito e
inquebrantable fe, yo abjuro, maldigo y detesto los susodichos errores y
herejías, y en general cualquier otro
error y ofensa contrario a la dicha Santa Iglesia; asimismo, juro que en lo
futuro nunca expresaré ni aseveraré, verbalmente o por escrito, nada que pueda
dar ocasión a sospecha similar contra mi persona…” Si vas a Roma este año, contrólate.
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