sábado, 26 de marzo de 2016

EL SIGNIFICADO DEL CRISTIANISMO


Por el giro que  ha dado la Semana Santa en los últimos años y por la poca información que circula al respecto, hemos perdido la trascendencia de esa  celebración, sin duda la más importante del año, no solo por lo que significa para los cristianos de todo el mundo sino también por las implicaciones que tiene para nuestra organización democrática y para la historia de Occidente.

Aunque todavía se escuchan voces que niegan la existencia del Galileo, los muy juiciosos estudios sobre Jesús histórico no dejan duda alguna sobre ella  aunque, claro está, con la certeza de que los evangelios no reflejan los hechos pero sí contienen lo fundamental de su maravilloso mensaje, y eso es lo importante.  Todos esos principios que hablan de perdón, amor a los enemigos y que resumen el reino de Dios en unas sencillas y bellas parábolas fueron enseñados por ese hombre misterioso, según nos explican los análisis realizados por teólogos y eruditos de muy diversas disciplinas.  Sí, al menos un 32 por ciento de las palabras puestas en boca de Jesús fueron pronunciadas por él aunque no sepamos cómo pudo inspirarse. 

En 1517, hace casi 500 años, el cristianismo sufrió una auténtica revolución gracias a un monje alemán llamado Martín Lutero.  En la puerta de la capilla de la universidad donde dictaba sus clases, ese hombre rebelde pegó sus 95 tesis para ponerlas en consideración de alumnos y profesores.  Su nueva lectura de las sagradas escrituras cambió la forma de pensar de muchos, puso en contacto a los más humildes con unos textos que hasta entonces eran ininteligibles porque solo se encontraban en latín; despertó la conciencia individual que desde ese momento se entendería directamente con su Creador; a partir de allí se empezó a hablar de libertad de pensamiento y conciencia; nació la posibilidad de ser y pensar distinto a los demás sin que por eso el hombre fuese condenado o marginado.

En fin, en la Reforma se encuentra el germen de la democracia, de la ciencia, de la Ilustración y de lo que hoy somos.  Fueron cristianos quienes escribieron la Constitución política de los Estados Unidos de Norteamérica e indicaron el camino a toda la humanidad, como si Cristo se hubiese salido con la suya.  Como nos enseñó el papa Francisco, no importa que usted sea creyente o no, lo importante es su opción por la vida y por aquellos valores que hacen este mundo más amble y sostenible.

jueves, 24 de marzo de 2016

SIGUE EL HOLOCAUSTO




Entre los cristianos de la Edad Media había surgido el cuento de que los judíos sangraban por el recto el viernes santo como castigo por haber sido los responsables de la muerte de Jesús, pues en ese entonces no se sabía que los evangelios habían sido escritos muchos años después de la crucifixión y que no eran más que una colección de leyendas sin soporte histórico o real.  También se decía en los púlpitos cristianos que los hebreos habían contaminado las aguas que produjeron la peste  del año 1348.  Esas fantasías y muchas otras buscaban incrementar la envidia cristiana frente a los judíos que no solo se enriquecían donde llegaban sino que gracias a su cultura y conocimientos de las matemáticas servían a los monarcas cristianos y musulmanes en el manejo de sus rentas.  Un principio de la época decía: “muerto el judío, nada le debes”.

El dominio islámico sobre más de la mitad sur de España se terminó en el siglo  XIII cuando quedó reducido a la ciudad de Granada.  El clero cristiano radicalizó el odio teológico contra los judíos el año 1391 en Sevilla gracias a los sermones incendiarios del sacerdote Ferrán  Martínez, determinantes del asesinato de judíos que se negaban a convertirse en los reinos de Andalucía, Castilla, Aragón, Valencia y Cataluña. Hacia 1412 el monje fanático Vicente Ferrer “incita a las muchedumbres cristianas a aniquilar a los judíos” y es tal la presión de la Iglesia que el rey español Juan II promulga el Edicto de Valladolid que crea el gueto judío y restringe sus libertades.   Aunque muchas normas infames de ese edicto fueron derogadas más tarde, recobrarán su vigencia a partir de 1480 cuando se nombra a fray Tomás de Torquemada como Gran Inquisidor de España con el objetivo primordial de perseguir a los judíos que se habían convertido al cristianismo pero en secreto seguían siendo fieles a Yahvé, los  llamados “marranos”.   “¿Qué elemento del repertorio nazi falta en toda esta lista?”,  se pregunta el historiador  Simon Schama, de la universidad de Columbia, al revisar la barbarie de los Reyes Católicos.

Cuando los cristianos acomodaron los evangelios para responsabilizar injustamente a los judíos de la muerte de Jesús, iniciaron el holocausto.  Alá también quiere hacer “desaparecer del mapa a Israel” aprovechando el antisemitismo nazi de Europa y la colaboración de los socialistas, incluidos los latinoamericanos. Estado Islámico aprovecha el caos para también atacar a los cristianos de Europa. Las guerras de Dios no terminan; tampoco el Holocausto.


martes, 22 de marzo de 2016

PABLO INVENTÓ EL CRISTIANISMO





Desde hace muchos años se planteó en Europa que Pablo es el creador del cristianismo en franca oposición a los discípulos y primeros seguidores judíos de Jesús.    Estos últimos pertenecían a una secta dirigida por Santiago, el hermano de Jesús, en la que también participaba Pedro y cuya sede era Jerusalén, según se lee en la Biblia.

En la cronología establecida por los expertos, Jesús murió crucificado en el año 30, Pablo se hizo seguidor de los primeros cristianos hacia el año 35 y se reunió con Santiago y Pedro en el año 48 a discutir sobre la compatibilidad de las enseñanzas de Jesús con el Judaísmo.   Pablo consideraba que no era necesario seguir los mandatos de Israel, en tanto que Pedro y sus aliados sí lo exigían.  En el año 49 aproximadamente Pablo empieza su labor misionera por los territorios que hoy hacen parte de Turquía, Grecia, Siria y la  isla de Creta, es decir en territorio de gentiles o no judíos.  Jesús nunca predicó a extranjeros no judíos.

La primera laguna en esta historia es de más de diez años, entre la conversión de Saulo (tal era el nombre original de Pablo) y el congreso o concilio de Jerusalén en el año 48.   Nadie ha podido establecer las actividades de Pablo en ese tiempo.   Simplemente el hombre llegó a Jerusalén diciendo que el resucitado se le había aparecido y le había dado el mandato de predicar (por eso se conoce como síndrome de Jerusalén el trastorno psiquiátrico de aquellos enfermos que dicen haber hablado con Dios).

Entre los años 50 y 60 Pablo predica y escribe sus cartas.  Como los cuatro evangelios se escribieron después del año 70,  Pablo no los conoció y es curioso que no diga nada en sus cartas de la vida, milagros y palabras de Jesús; se limita a repetir que él murió en la cruz por nuestros pecados como garantía de que también resucitaremos.  Por su parte, el texto de los Hechos de los apóstoles se escribió hacia el año 85, pero nada nos dice de la muerte de Pedro y Pablo. 


Muchos críticos creen que la Iglesia Cristiana de Jerusalén, la original, la de Pedro y Santiago, desapareció después de la rebelión judía (año 66 al 74) mientras que el cristianismo de Pablo se extendió por el Imperio romano.   Sí, el cristianismo es un invento de Pablo.  Pablo no ratificó a Jesús; los evangelios ratificaron a Pablo. 

miércoles, 16 de marzo de 2016

LOS JUEGOS DEL HAMBRE




Cuando apenas era un adolescente –y de eso hace muchos años- me llevé una sorpresa con un libro del Nobel de Economía Milton Friedman (1912 – 2006) en el que se criticaba los programas de subsidios para los pobres creados por el Estado.  Para quien había sido educado en la ética caritativa del Catolicismo eso era una herejía: no se debe dar ayuda económica a los pobres porque, a la larga, resultan perjudicados.  La polémica es de mucho interés para todos nosotros cuando los últimos dos gobiernos –de Uribe y Santos, para no hablar de los mandatos comunistas de la Capital- se han dedicado a repartir dinero a montones con el fin de garantizar una reelección u obtener más votos, con el aplauso general de la tribuna y la satisfacción de los congresistas, hartos de “mermelada”.

Abhijit V. Banerjee, del MIT, Instituto Tecnológico de Massachesetts, simplifica un poco el asunto para aclararlo.  La posición a favor de los subsidios la defienden algunos economistas con el respaldo de los sectores de izquierda.  Quienes no están de acuerdo,  la mayoría de los economistas, pueden catalogarse como de derecha, a pesar de lo equívoca que puede ser esta denominación.  Estos últimos “sostienen que la ayuda hace más mal que bien, al disuadir a la gente de buscar soluciones propias, al corromper y socavar las instituciones locales y al crear un lobby formado por las ONG  que tiende a perpetuarse.  La mejor opción para los países pobres es apoyarse en la idea básica de que cuando los mercados son libres y los incentivos adecuados, la gente puede encontrar la solución a sus problemas sin necesidad de limosnas (…)”  El Nobel de Economía 2015, Angus Deaton, también ha cuestionado la industria de la ayuda en términos muy parecidos.

A pesar de los serios planteamiento de los economistas, los gobiernos siguen jugando a la política fácil de los subsidios, entre otras razones porque es tanta la miseria y la inequidad que todos aceptamos sin protestar, mientras los políticos obtienen beneficios secundarios como el enriquecimiento de familiares y amigos o su propia reelección.   Esa es una de las claves para entender la reelección de gobiernos populistas de derecha o izquierda en América Latina y las crisis repetidas en algunos países europeos como Grecia, España y Portugal entre otros. 
Insisto.  Los subsidios bloquean el incentivo de los pobres para luchar y superarse; benefician a muchos ciudadanos que no los necesitan; generan más daños que beneficios entre quienes los reciben; favorecen la corrupción de los gobernantes; son injustos con quienes pagan los impuestos y con las clases medias que no pueden lograr tales subsidios; llevan a los países a la quiebra pues llega un momento en que son insostenibles.


miércoles, 9 de marzo de 2016

EL PAPA Y EL MUCHACHO



Cuando en el año 1988 se prohibió en Colombia la exhibición de la película dirigida por Martin Scorsese, La última tentación de Cristo, corrí a la librería más próxima a comprar la novela de Niko Kazantzakis en que se había inspirado, para tratar de entender los motivos del inquisidor. Mi sorpresa fue fenomenal porque encontré  una de las metáforas  más sublimes del amor.  Como se recordará, el Diablo toma la apariencia del ángel de la guarda y convence a Jesús en el momento de su agonía en la cruz para que se imagine o sueñe cómo habría sido su vida enamorado, conformando una familia y repitiendo el mismo libreto de todos los hombres al lado de María Magdalena, primero y, después de la muerte de esta, en compañía de las hermanas de Lázaro, Marta y María.  “En el mundo no existe más que una sola mujer, que tiene innumerables rostros”.   El mensaje de la novela y la película era obvio: es tal la dignidad de las relaciones sexuales y de la familia que se convierten en una tentación para el mismísimo hijo de Dios.   Entonces me pregunté si realmente yo sabía leer pues no encontraba una justificación para la prohibición de la película.

Pensaba en estas cosas cuando preparaba tres artículos publicados sobre la historia del papado y me encontré con los enredos amorosos Julio III (1550 – 1555). Antes de ser elegido, el papa se había enamorado  de un joven napolitano, de esos que deambulan por las calles para arrebatarle una oportunidad a la vida.  Debió ser muy hermoso Innocenzo porque Julio III logró convencer a su hermano para que lo adoptara como hijo, lo consagró cardenal a los 18 años y lo encargó de las relaciones diplomáticas de la Iglesia.  La  expresión “nipote” significa sobrino.  De allí viene “nepotismo”, el deporte preferido de todos los gobernantes y que consiste en aprovechar el trono para llenar de puestos, contratos y privilegios a los familiares.    Pues bien, como en ese entonces la Iglesia romana enfrentaba la Reforma, intentó sanearse un poco y había restringido el nepotismo de los papas aunque mantuvo la autorización para que pusieran en algún puesto de confianza y manejo a un sobrino.  Aunque esta historia terminó mal porque Innocenzo resultó un inepto y un delincuente, como podría esperarse, nos lleva a la misma conclusión de la última tentación de Cristo: son tan dignas y respetables las relaciones homosexuales que hasta los representantes de Dios las han disfrutado.

Vuelvo al libro de Kazantzakis para resaltar otras de sus características geniales.  La ficción permite al autor hacer una nueva interpretación de los evangelios, que se aproxima a los análisis modernos de carácter histórico.  Por ejemplo, en su fantasía Jesús llama a Pablo mentiroso, lo mismo que a Mateo, el autor de uno de los evangelios.   Quizás aquí se encuentran las razones que tuvo la Iglesia para prohibir la película.  Por otro lado, el demonio  o “ángel de la guarda” explica a Jesús el valor de las cosas pequeñas de la vida, el amor a la naturaleza y de la grandeza de lo humano.  Cuando Jesús desciende de la cruz y observa el maravilloso paisaje, pregunta:
-        ¿Es ese el reino de los cielos que yo anunciaba a los hombres en la tierra?
-        No, no –respondió el ángel, riendo--.  Es la tierra.
-        ¿Y cómo cambió tanto?
       -   No es ella la que ha cambiado sino tú.  Antes tu corazón iba contra la voluntad de la tierra, pero ahora la acepta (…)  El reino de los cielos, Jesús, es la armonía entre el corazón y la tierra. 

EL ARCHIVO VATICANO


Vamos al año 1492, cuando Cristóbal Colón nos descubrió, y repasemos otros acontecimientos importantes ocurridos ese mismo año: un cardenal de origen español, llamado Rodrigo Borja o Borgia, compró los votos de algunos de sus colegas para que lo eligieran Papa con el nombre de Alejandro VI; los bárbaros reyes católicos tomaron la ciudad de Granada, el último centro cultural y económico musulmán de España, y aprovecharon también para sacar de su territorio a los judíos que todavía quedaban; ese año murió Lorenzo el Magnífico, de la poderosa familia Medici, la misma que en los años siguientes  logrará imponer a algunos de sus miembros en el trono del apóstol Pedro.  En el año de 1493, el nuevo Papa, sin consultar a su hermosa amante, Giulia Fernese, ni a sus nueve hijos, decidió que tenía el poder, dado por el mismo Dios y el emperador romano Constantino, de repartir los territorios recién descubiertos entre españoles y portugueses, utilizando documentos falsos como suporte.  Esa declaración del Papa podrá leerla usted mismo aunque en latín.   Por favor, no se ría cuando vea la traducción.

Pocos años después, en 1517, un sacerdote llamado Martín Lutero publicó, en una ciudad de lo que luego sería Alemania, 95  tesis de Teología para ser discutidas en la academia y que incluían tremendas críticas a la desprestigiada Iglesia de Roma, sobre todo relacionadas con el sucio negocio de las indulgencias: por unas cuantas monedas para construir la basílica de San Pedro usted podía asegurar el perdón de sus pecados y comprar un lote en el cielo para usted mismo o para un familiar que estuviese penando en el Purgatorio.  Existe el documento que declaró herejías 41 de las 95 tesis de Lutero y lo excomulgó.  El Papa  León X era Juan de Medici, hijo de Lorenzo el Magnífico.  Corría el año 1519.  Más tarde, mientras muchos príncipes de Europa central y del norte apoyaban la rebelión de Lutero como una forma de liberarse de los abusos de los papas, en Inglaterra, Enrique VIII se aburría con la fría española Catalina de Aragón y decidió pedirle al Papa, otro Médici, Clemente VII, que anulara su matrimonio para casarse con la bella Ana Bolena.  Usted puede leer en los archivos vaticanos las amenazas que el rey inglés le enviaba al Papa y la negativa de este.   Así nació la Iglesia Anglicana.  Ya vamos en 1530.

Pasemos a 1543 cuando muere el monje polaco Nicolás Copérnico luego de publicar su teoría heliocéntrica según la cual  la tierra gira alrededor del sol. La Iglesia sostenía, como el pagano Ptolomeo en el siglo II, que la tierra era el centro del Universo y que los planetas y las estrellas giraban en torno a ella.  Casi un siglo después, otro estudioso, Galileo Galilei, italiano, demostró ayudado por un telescopio que Copérnico tenía razón.  Si no se retractaba de sus escritos, la tenebrosa Inquisición lo torturaría y luego lo llevaría a la hoguera, por lo que el pobre viejo de 70 años escribió un documento en nombre de la ciencia humillada por la soberbia e ignorancia del clero.

Por favor, cuando usted vaya a Roma y lea la versión castellana de la confesión de  Galileo, contrólese a pesar de la ira que usted sentirá, sobre todo cuando piense que esa religión oscurantista fue la que se coló en las carabelas de Colón y mantuvo a nuestra América en las tinieblas durante cinco siglos.  Estas son palabras de Galileo: “(…) Por lo tanto, deseando borrar de la mente de vuestras eminencias, así como de las de todos los fieles cristianos, esta grave sospecha, concebida razonablemente en mi contra, con el  corazón contrito e inquebrantable fe, yo abjuro, maldigo y detesto los susodichos errores y herejías,  y en general cualquier otro error y ofensa contrario a la dicha Santa Iglesia; asimismo, juro que en lo futuro nunca expresaré ni aseveraré, verbalmente o por escrito, nada que pueda dar ocasión a sospecha similar contra mi persona…”  Si vas a Roma este año, contrólate.









viernes, 4 de marzo de 2016

El miedo a los otros



Los seres humanos llevamos un poco más de 140.000 años sobre este hermosos planeta y hace apenas unos once mil que iniciamos la agricultura, construimos las primeras ciudades y nos volvimos sedentarios.  Este último evento es muy importante en nuestra evolución porque significa que en ese entonces empezamos a superar el miedo al otro, al extraño, al extranjero, al miembro de otra tribu.

Era tal el susto que nos producía el otro que el canibalismo ha sido interpretado como la primera estrategia usada para intentar obviar el perjuicio que aquel nos podía causar.  Comerse al otro era asimilar sus poderes, volverlo inofensivo, para que no pudiera atacarnos desde el mundo de los muertos.  Como también nos aterrorizaban la naturaleza y los animales, divinizamos mujeres, hombres, animales y fenómeno naturales inexplicables.  Los dioses eran entonces los otros, agresivos, caprichosos y siempre insatisfechos, como hoy.  Aparecieron los sacerdotes o augures para descifrar las intenciones perversas de los dioses en las vísceras de un animal o en los sucesos extraordinarios.

Pensamos que una buena forma para apaciguarlos podría ser invitarlos a un banquete o sacrificio, en el que nosotros consumiríamos parte de un animal y quemaríamos el resto para ellos. Otra veces, sacrificábamos seres humanos para que los dioses disfrutaran más.  Más tarde nos dimos cuenta de que esa comida no les agradaba.   Nos creímos importantes, establecimos un solo dios, el nuestro, y nos  convencieron los nuevos sacerdotes de que el único sacrificio para calmar la ira de Dios era el de su hijo, para que nuestro miedo ancestral fuese abolido y por fin fuésemos felices.  Pero el monoteísmo agravó el problema cuando inventó el demonio, el pecado y el infierno.  ¡Más horror!  Vamos a misa a escuchar los gritos terroríficos del cura.

En el siglo XIX llegaron los marxistas y nos dijeron que Dios no existe; que Él era una coartada imaginaria del verdadero otro real: el burgués, el rico.  Porque el rico es el otro espantoso, Juampa y Maduro toman su dinero (impuestos) en el norte y lo entregan a los pobres del sur.  Y como los comunistas  y populistas no pudieron conjurar el peligro, el miedo ha regresado con un ímpetu superior al soportado por el caníbal.   El otro viene ahora con armas automáticas gritando que Alá es grande y no soporta bromas.  El otro, humano, divino, infernal o extraterrestre, nos acecha por todas partes.  Desconfiamos del otro como hace 140.000 años.
Mejor no use el ascensor...