lunes, 21 de octubre de 2019

Para viajar a Europa




El año pasado viajé a Europa en uno de esos programas que ofrecen un recorrido en bus por distintos países a bajo costo y quedé bastante frustrado. Acabo de repetir la experiencia con otra empresa, con ligeras variaciones en las ciudades y países visitados, pero esta vez con un resultado ampliamente satisfactorio. Atribuyo la novatada del año pasado al hecho de que cuando los amigos y familiares narran sus experiencias solo cuentan lo positivo y se guardan lo negativo o no son conscientes de esto último.

Mostraré algunos de los aspectos negativos para que a usted no lo tomen por sorpresa cuando quiera ir a Europa. Es mejor viajar al final del verano (por septiembre) que al comienzo de la primavera (en marzo, más barato y frío con un paisaje sombrío); tenga en cuenta que el programa incluya visitas guiadas a las principales ciudades; en ciudades importantes, como Roma y París, las empresas ofrecen planes adicionales no incluidos en el proyecto inicial que, si usted los toma, termina por no disfrutar esas ciudades; los guías suelen ser muy ignorantes en aspectos históricos, pero no tienen el menor escrúpulo en transmitir informaciones falsas.

Las empresas españolas favorecen las visitas a lugares religiosos dada la tradición cristiana de Latinoamérica, como Lourdes, Padua o Asís, aunque los guías parecen poco creyentes; los guías desconocen temas cruciales como la Reforma protestante o la historia de la iglesia católica. No faltan las visitas a los estadios de fútbol, algo sin sentido cuando se ignoran los museos y otros sitios trascendentales. Es lamentable que poco se ofrezcan los recorridos a pie, como se acostumbra para los turistas de otros países no latinoamericanos, lo que, en Roma, por ejemplo, debería ser mandatorio.

Ahora, para referirme a casos concretos, es un engaño atravesar Alemania y solo visitar ciudades como Rotemburgo y Heidelberg como simple trámite para pasar a Italia, cuando es mucho mejor el paseo por Brujas, Basilea, Lucerna y Zúrich, por ejemplo. ¿Cómo ir a Toledo y no visitar su catedral? ¿Cómo llegar a Barcelona a dormir sin realizar una visita guiada a los sitios más llamativos de la ciudad? El viaje en bus de una ciudad a otra limita el tiempo de visita a las maravillas europeas. ¿Por qué entonces no usar algunos medios rápidos de transporte, como el avión y o el tren, para ganar tiempo?

Vale la pena contar algunas anécdotas. El año pasado sugerí a la guía un comentario amplio sobre la Reforma con motivo de los 500 años de esa revolución, cuando pasábamos por Alemania. “Ya lo hice”, me contestó. “Cierto -le respondí- pero solo hablaste un minuto”. “Es suficiente”, me dijo. En Venecia, la guía explicaba que en la iglesia de san Marcos está sepultado el evangelista. Comenté que eso debía ser una leyenda porque no se sabe quiénes escribieron los evangelios. Sin ocultar su ira me gritó: “Es la fe, señor”.

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