El mejor argumento contra la ideología de género o
perspectiva de género me lo enseñó la mascota hace ya más de veinte años.
Cuando mi esposa se sentaba a llorar, el pequeño “Pillín” se apresuraba a posar
sus extremidades delanteras en las piernas de ella, con un movimiento continuo,
que pretendían ser una caricia, y un gemido suave de identificación con el que
parecía querer expresarse.
En términos científicos el comportamiento del perrito se
considera instintivo o no consciente, codificado en sus genes y que corresponde
a una conducta universal en todos los animales de su especie. De la misma
forma, la biología y la genética explican el comportamiento humano con
variaciones que dependen de la cultura, de la influencia de los otros o del
medio social. Esto vale en el caso de la identidad de género, masculino,
femenino o gay. La ideología de género niega la influencia biológica y genética,
conocida hoy en los textos científicos como “naturaleza humana”.
Es muy importante distinguir este concepto del antiguo
“derecho natural” de la filosofía estoica, retomado por la Escolástica y la
doctrina de las iglesias cristianas. En este caso lo natural se refiere a una
ley a la que debía someterse el hombre y que era planteada de diversas formas
cuando no existían la biología, la genética y las ciencias cognitivas. Por
fortuna, los grupos cristianos y de otros credos han acogido el concepto de
naturaleza humana de los científicos para oponerse a la ética neomarxista que
pretende acabar con la organización familiar.
Ahora bien, uno de los descubrimientos más importantes sobre
la naturaleza humana se debe a Noam Chomsky sobre el carácter genético de la
estructura básica de todo lenguaje humano. Enumero algunos otros
comportamientos que son primordialmente genéticos: reconocimiento de
expresiones faciales, el sentimiento de reciprocidad, la reacción de venganza,
el amor a los hijos y a los padres, repulsión por el incesto y el canibalismo,
algunas reacciones morales, etc.
En el caso de la influencia de la biología en la identidad
sexual, conozco las investigaciones de la doctora Helen Fisher publicadas en
dos textos: El contrato sexual y Por qué amamos. En el primero explica cómo la
mujer en su proceso evolutivo dejó de tener período de celo para poder recibir
al macho durante todo el período menstrual y así garantizar su protección y la
del crío en una época de numerosos peligros. Hay allí una explicación de la
monogamia, muchos miles de años antes de que llegara el capitalismo.
En “Por qué amamos” se investiga los factores hormonales y
mediadores químicos que intervienen en cada fase del enamoramiento y las
relaciones de pareja prolongadas. Dos sicólogos han profundizado en estos
estudios científicos: Jordan Peterson y Steven Pinker. De este último
recomiendo el libro La tabla rasa. En esta misma perspectiva, Francis Fukuyama
publicó en 2003, El fin del hombre o Posthuman
society, en la versión en inglés.
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