martes, 15 de octubre de 2019

Historia de la cultura



Iván Tabares Marín

La nota de la semana pasada, dedicada a la religión en el marco del propósito general planteado en esta columna a lo largo de este año sobre el pensamiento estructural y posmoderno, nos permite revisar algunos puntos de la historia de nuestra cultura occidental que hasta ahora no teníamos muy claros.

La iglesia católica desconfiaba del misticismo y de hecho los principales impulsores de este fueron teólogos cristianos ortodoxos de oriente, para quienes la persona, soporte de nuestra teología, era un concepto problemático. Cuando no es posible una relación personal con Dios, solo nos queda la meditación para encontrarlo. El catolicismo siempre habló de tres personas en Dios y de su relación amorosa con la persona humana.

En el siglo XVI, dos clérigos contribuyeron a cambiar el concepto que teníamos de nosotros mismos: Martín Lutero y Nicolás Copérnico. El primero ha sido considerado como el gestor del concepto de “sujeto” y gracias a él occidente inició la Ilustración que habría de concluir en la democracia y el capitalismo. Es decir, si la teología católica presentaba como personal la relación del hombre con Dios, la Reforma protestante sería la vía para crear la democracia sobre el mismo mito de la persona como sujeto de derechos.

Cuando se empezaba a consolidar la sociedad burguesa con la revolución francesa, en Alemania e Inglaterra comenzaba el romanticismo que puso en duda el sujeto burgués de la nueva sociedad capitalista. El romanticismo mira a los seres humanos olvidados por la Ilustración: los pobres, los diferentes, los inconformes, los discriminados, la mujer, el campesino, el enfermo mental, los herejes, etc. Del romanticismo surgieron el marxismo, el nazismo y el psicoanálisis, entre otras ideologías. 

Ahora bien, Copérnico modificó la visión que teníamos del universo y demostró que la tierra no es el centro. El golpe dado a la vanidad humana fue tan violento que todo cambio importante desde entonces se llamó “copernicano”. En el siglo XIX vendrían Charles Darwin, Sigmund Freud y F. Nietzsche: nuestros padres fueron los primates, nuestra mente está controlada por el inconsciente y “Dios ha muerto”. En el siglo XX, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica desbarataron la realidad que habíamos construido: nada es como creíamos.

Jacques Lacan revisará las teorías de Freud y mostrará que el inconsciente es el lenguaje del Otro; que somos una creación imaginaria del lenguaje cuando nuestra madre nos enseña las primeras palabras. Otro gran pensador, Ludwig Wittgenstein, no tendrá dudas al declarar que nuestro lenguaje en nuestra cárcel, para acabar así definitivamente con nuestras ilusiones. Ya perdimos el GPS. No hay un centro en el universo y tampoco en nuestra mente. Dios, el hombre y nuestro planeta no son el centro de nada. Los científicos buscan el algoritmo que nos define.

Y aquí estamos, tratando de buscar una salida a una vida sin sentido, reinventando la religión, procurando un sustituto del sujeto para construir una nueva sociedad…

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