Cuando
escribo de religión no lo hago para molestar a los creyentes. Lo hago para
mostrar otras formas de ver la religión después de varios años dedicados a estudiarla
en la perspectiva de las investigaciones científicas iniciadas en Europa hace
cuatro siglos y que apenas se empezaron a publicar hace 40 años en Colombia.
He planteado
el problema del ateísmo en una forma muy distinta a la tradicional. No se
discute si Dios existe; quienes no existen son los ateos y los creyentes porque
para la ciencia y la filosofía actuales el sujeto o la persona humana no es una
entidad o una presencia sino un algoritmo o una creación virtual. Es obvio que
esta visión crea dificultades que la iglesia romana debe enfrentar, pero que
prefiere ignorar.
También expongo
argumentos novedosos para respaldar la posición moral del cristianismo en
asuntos tan delicados como el aborto o el enfoque de género de izquierda que
inspira a la Corte Constitucional en sus fallos discutibles. Se discute un
proyecto de ley sobre educación sexual en el Congreso para iniciar la
destrucción de la organización familiar en Colombia.
Cuento los
cambios doctrinarios y que no son explicados a los feligreses. Por ejemplo, la
resurrección de Jesús es un mito, y ahora los teólogos prefieren hablar de
“exaltación” de Jesús; el carácter mitológico de los evangelios y el hecho de
que solamente el 32 por ciento de las palabras atribuidas a Jesús son
auténticas según investigaciones de sacerdotes católicos.
He estudiado a
teólogos como Hans Kung que cuestionaron la iglesia romana por no haber
discutido las válidas propuestas de Martín Lutero y otros reformadores en el
siglo XVI. Desde ese momento Roma se aisló de las discusiones que se dieron en la
Europa protestante y nos quedamos con “la fe del carbonero”.
Muestro la
historia de la cultura occidental desde la revolución francesa y el movimiento
romántico europeo para explicar cómo el protestantismo evolucionó hacia el “desencanto”
o “muerte de Dios” mientras seguíamos con una religión fetichista, mágica,
milagrera y enemiga de la modernidad.
Finalmente, he
discutido la relación entre política y religión. El cristianismo es una estructura
mental o ideología que da identidad a los latinoamericanos. “Yo” no tomo
decisiones, sino que las doctrinas o ideologías que controlan mi mente las
toman. El marxismo es otra versión de la religión cuyo cielo es la mítica “paz
total” o la sociedad sin clases y que se tomó nuestra cultura mediante el
adoctrinamiento de los muchachos. La transición de cristianismo a marxismo llevó
a los cristianos a elegir un dictador.
Pasamos de
creernos el pueblo elegido de Dios al pueblo con un nuevo “salvador” que solo
defiende los intereses del feminismo radical, la delincuencia organizada, los
indígenas, los ecologistas ideológicos y la Primera Línea terrorista de jóvenes
adoctrinados.
Hay riesgo de
que el Año Nuevo sea el peor de nuestra historia. Ojalá me equivoque. Del
cinismo y el odio del Gobierno no puede resultar nada bueno.
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