Al comienzo de los años noventa recibí una
invitación de excomandantes del M-19 para que aceptara la jefatura del Servicio
Seccional de Salud de departamento de Risaralda, ya que por aquellos días Antonio
Navarro Wolff era el ministro de Salud del Gobierno del presidente César
Gaviria Trujillo. “Por sus escritos sabemos que usted es un demócrata”, me
dijeron; pero no acepté por razones obvias.
Me llamó la atención su actitud adversa al Partido
Comunista y al movimiento sindical, lo cual no era extraño pues ese grupo
guerrillero había nacido del movimiento del dictador Gustavo Rojas Pinilla. “Su
reclutamiento se hizo primero entre antiguos miembros de la ANAPO, (…) después
continuó ante todo entre miembros de capas medias: estudiantes médicos,
intelectuales, empleados”, cuenta Daniel Pécaut.
Los métodos del M-19 “evocaban la guerrilla urbana
del Uruguay, los Tupamaros. Como estos, cultivaban una imagen de Robin Hood, y
robaban alimentos y otro tipo de mercancías para distribuir en los barrios
pobres”, dice David Bushnell. La mejor prueba de que el M-19 no era una
organización de izquierda es la confesión de Gustavo Petro en su biografía: “El
M-19 no había sido capaz de construir una visión alternativa para el país (…) y
se volvió una fuerza política que evadía completamente la posibilidad de ser un
agente de ruptura política o económica”.
Para cualquier colombiano medianamente informado
es un hecho que la democracia solo ha crecido en países desarrollados y que, en
los subdesarrollados, un intento de democratización precoz siempre lleva al
populismo, la crisis económica y a la dictadura.
A eso nos llevan las improvisaciones del Gobierno
de un solo hombre secundado por funcionarios “aparecidos” que hacen esfuerzos
enormes para justificar sus iniciativas orientadas a repartir cada año billones
de pesos en subsidios, sin considerar los efectos inflacionarios de esa medida,
porque solo les interesa comprar votos para mantenerse en el poder.
Aunque la nueva izquierda (o posmarxismo o Foro de
Sao Paulo) reconoce que el sindicalismo y la clase obrera no son sujetos
revolucionarios, varios ministros siguen viviendo en la fantasía del marxismo
clásico. Otros solo gobiernan para las organizaciones que les dieron el poder y
se olvidan de la clase media, soporte de la democracia. La pobreza es esencial
para sostener una dictadura.
Los problemas del calentamiento global, el
feminismo radical, las drogas ilícitas y la convivencia con las comunidades
indígenas son problemas globales cuya solución se encontrará después de varias
generaciones con la colaboración de todo el mundo, no en uno o tres gobiernos de
Petro.
En el sancocho ideológico del Gobierno, los
problemas básicos de la mayoría de los colombianos como salud, pensiones,
impuestos, reforma laboral, educación y reforma penitenciaria no encontrarán
soluciones sensatas y respetuosas de los derechos humanos o que al menos hayan
tenido éxito en otros países con condiciones similares a las nuestras. Es el
síndrome de Adán que padece el presidente, secundado por un grupo de mediocres “comprados”
con los altos salarios que reciben.
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