El 25 de
marzo del 1980 muere el semiólogo Roland Barthes en París después de haber sido
atropellado por un auto. De este hecho parte el profesor Laurent Binet para
montar una deliciosa, irónica e inteligente parodia, con una carga de sátira
política y filosófica, titulada La séptima función del lenguaje, publicada por
Seix Barral en 2015.
La trama está
montada sobre una leyenda: el dueño de la séptima función del lenguaje dominará
el mundo; pero perderá su poder al ser conocida por todos. Esa es la función
performativa sobre la que escribí una columna para discutir el enfoque de
género y que consiste en el poder que tienen las palabras de crear realidad por
el simple hecho de pronunciarlas. Como cuando el sacerdote o el juez nos dicen
“os declaro marido y mujer” o cuando un juez profiere una condena de prisión.
El primer acto performativo es relatado en la Biblia y realizado por Dios:
“Hágase la luz. Y la luz se hizo”.
Antes de 1960
se había descubierto y explicado esa función que no estaba incluida entre las
seis que había descrito el lingüista ruso Roman Jakobson: las funciones
referencial, emotiva, conativa, fática, metalingüística y poética.
El
investigador de la muerte de Barthes piensa que pudo ser un asesinato para
arrebatarle la fórmula de la función performativa descubierta por el filósofo
británico John L. Austin (1911 – 1960). Su discípulo John Searle conforma, con
los grandes filósofos parisinos de entonces, incluida Judith Butler, más el presidente
de Francia y el semiólogo italiano Umberto Eco, el reparto de la intriga. Esta
novela es exigente en cuanto a los conocimientos que el lector debe tener sobre
filosofía y lingüística para disfrutarla plenamente. Ahora paso a profundizar
un poco más sobre la séptima función.
En una
columna anterior mostré que la maestra, la madre, el sacerdote y el periodista
no enseñan ni comunican, sino que mandan o dan órdenes gracias al poder que la
estructura simbólica o las ideologías de la sociedad les dan. Por eso la
palabra es poder. Cuando aprendemos a hablar, las palabras programan nuestra
mente con todas las ideologías que definen nuestra sociedad, incluidas la
religión, el idioma, la nacionalidad, el capitalismo, la democracia, etc.
Los
profesores que adoctrinan en marxismo no lo hacen en función de la libertad de
cátedra o con el propósito de generar espíritu crítico; están dando órdenes,
mandando porque, si enseñaran realmente, nos presentarían las fallas y
alternativas del marxismo. Cualquier frase o sentencia crea realidad. La
función performativa no es exclusiva de unas cuantas locuciones como en los
ejemplos anotados arriba.
La izquierda
conoce muy bien la función performativa del lenguaje y la usa para intentar
dominar el mundo a través de las noticias falsas, las calumnias, la destrucción
de estatuas o la corrección de libros, películas, obras de arte y lenguajes que
conforman nuestras tradiciones; pero perderá su poder cuando todos entendamos esa
función performativa.
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