El 1 de noviembre de 1775 murió Dios. Ese día, consagrado por
ironía a celebrar a todos los santos del cristianismo, un terremoto de 9
grados, seguido por un tsunami y un gran incendio, destruyó la ciudad de
Lisboa. Los efectos del tsunami llegaron a África y al Caribe para que todo el
mundo se enterara de la desgracia. El mal dejó de ser compatible con la
teología: si el mal existe, Dios no.
Ese año Europa estaba en plena Ilustración, el movimiento
cultural que preparaba una nueva organización política sin espacio para Dios.
El Dios del evangelio fue sustituido por un simple Arquitecto que construyó
este mundo y lo olvidó. Como si los filósofos sintieran vergüenza del crimen
que cometían, decidieron llamar la nueva secta “deísmo” para no negar a Dios
abiertamente, pero lo dejaron herido de muerte.
Uno de los más grandes pensadores, tan prusiano o alemán como
el cura Lutero, decidió por aquellos días que es imposible probar la existencia
de Dios con la ayuda de la razón, pero había que suponerlo para dar fundamento
a la moral y evitar que nos matáramos entre nosotros. Era Emanuel Kant.
En 1789 se inició el gran acontecimiento de la Revolución
Francesa que sin ningún recato echaría por la puerta de atrás a un Dios mal
herido sin capacidad de defenderse. La democracia usurpó el trono de Dios y
sentó en él al ridículo homo sapiens. Ya no se hará la voluntad de Dios, sino
la de ese monigote que se pensó libre y dueño de la creación sin imaginarse que
apenas “viviría” siglo y medio. Si Dios no existía como sujeto del acontecer
humano, mucho menos el nuevo pedante sujeto de pacotilla. Cuando Lutero sembró
el virus de la soberbia en los humanos y los imaginó sujetos capaces de
entenderse con Dios, puso las bases de la Ilustración.
Un siglo después de la Revolución Francesa, F. Nietzsche
lanzaría un grito de dolor: “Dios ha muerto, y nosotros lo hemos asesinado”. El
protestantismo había abierto también la salida de la religión al ateísmo. ¿Qué
dará sentido a nuestras vidas? Cuando moría Nietzsche, nuestra Constitución de
1881 entregaba la educación y la cultura al poder de la iglesia católica hasta
1959 cuando se lo arrebató el marxismo.
Mientras los nazis asesinaban seis millones de judíos en los
campos de concentración, y los bolcheviques a millones de inocentes, dieron el
último golpe a Dios agonizante y al mismo tiempo mataron al sujeto humano. No
hay sujeto humano ni divino. Eran mitos.
En otra de esas ironías que produce la historia, llegó
internet para que todos entendiéramos, por fin, que no somos más que algoritmos
reducidos a burdas mercancías para esclavizarnos y enriquecer a Google, Amazon,
Facebook, Twitter, Instagram. Todo los que se ha escrito hasta ahora dejó de
tener sentido y nos encontramos en una encrucijada completamente desorientados.
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