domingo, 8 de diciembre de 2019

¿Y LUEGO QUÉ?




Cuando el siglo XX descubrió que la subjetividad no es una entidad o una presencia, sino simplemente una creación mental impuesta por los otros, como lo son también las identidades o maneras de ser (cristiano, pobre, colombiano, macho, conservador, etc.) la izquierda encontró una veta muy fecunda para criticar nuestra sociedad democrática, tratar de remplazar su propio discurso obsoleto por otro, en el que el proletariado ya no es el “sujeto” revolucionario, y crear espacio para que otros grupos sociales (moléculas) tomen las armas de la inconformidad.

Allí llegaron los románticos estudiantes de la Sorbona de mayo del 68, las feministas con su ideología de género, los intelectuales (ya habían orientado las revoluciones que nunca fueron proletarias), los ecologistas (mamertos reciclados), los migrantes, los enfermos mentales, los criminales, el lumpenproletariado y todo aquel, asalariado o no, que quisiera expresar su inconformidad o colaborar con la lucha que ahora es también la revolución del deseo o de la libertad absoluta. El marxismo siempre tuvo mucho de anarquista y hoy toma el camino de Bakunin con su terrorismo renovado. 

Todos los países democráticos del mundo saben que su Constitución Nacional es, en efecto, una mitología, como la de cualquier religión o movimiento político y, sin embargo, no se inmutan ante los avances de la ciencia y la filosofía que muestran una visión distinta del ser humano a la que está plasmada en sus instituciones. Todos sabemos también que los intentos desesperados de pensadores libertinos como Michel Foucault, Judith Butler o Félix Guattari no hacen más que crear nuevos mitos o juegos de metáforas para respaldar su psicopatología y desprecio por la familia.

Cualquier ciudadano con ánimo desprevenido que se meta en el pensamiento de estos nuevos profetas del caos, va a encontrar muchas falencias, vacíos o aspectos inconscientes que ameritan un psicoanálisis. Imaginemos, por ejemplo, su intento de suprimir la influencia de la familia en el recién nacido porque su lenguaje está envenado con la ideología del poder o del capitalismo perverso.

La familia siempre ha tenido unos rasgos comunes en todos los modos de producción desde el tiempo de los cazadores y recolectores que vagaban por las estepas africanas. Cualquier organización familiar humana no tiene otro medio de despertar la consciencia de sí en el niño que el lenguaje; si no le enseña a hablar y lo abandona en un bosque, será un “animalito”, un niño lobo criado por animales. El esquizoanálisis que inventaron Deleuze y Guattari es un torpe invento teórico que pretende crear un humano sin lenguaje.

Como no es posible escapar a la influencia de los otros, ¿qué tipo de familia silenciosa proponen los neomarxistas de la revolución molecular? Todos ellos olvidan que no hay un “fantasma en la máquina” y que el lenguaje moldea el cerebro sobre una base biológica y genética que aparece en cualquier organización al que llegue el niño o niña. ¿Y luego de la revolución marxista, qué?

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