Cuando el siglo XX descubrió que la subjetividad no es una
entidad o una presencia, sino simplemente una creación mental impuesta por los
otros, como lo son también las identidades o maneras de ser (cristiano, pobre, colombiano,
macho, conservador, etc.) la izquierda encontró una veta muy fecunda para
criticar nuestra sociedad democrática, tratar de remplazar su propio discurso
obsoleto por otro, en el que el proletariado ya no es el “sujeto”
revolucionario, y crear espacio para que otros grupos sociales (moléculas) tomen
las armas de la inconformidad.
Allí llegaron los románticos estudiantes de la Sorbona de
mayo del 68, las feministas con su ideología de género, los intelectuales (ya
habían orientado las revoluciones que nunca fueron proletarias), los
ecologistas (mamertos reciclados), los migrantes, los enfermos mentales, los
criminales, el lumpenproletariado y todo aquel, asalariado o no, que quisiera
expresar su inconformidad o colaborar con la lucha que ahora es también la
revolución del deseo o de la libertad absoluta. El marxismo siempre tuvo mucho
de anarquista y hoy toma el camino de Bakunin con su terrorismo renovado.
Todos los países democráticos del mundo saben que su
Constitución Nacional es, en efecto, una mitología, como la de cualquier
religión o movimiento político y, sin embargo, no se inmutan ante los avances
de la ciencia y la filosofía que muestran una visión distinta del ser humano a
la que está plasmada en sus instituciones. Todos sabemos también que los
intentos desesperados de pensadores libertinos como Michel Foucault, Judith
Butler o Félix Guattari no hacen más que crear nuevos mitos o juegos de
metáforas para respaldar su psicopatología y desprecio por la familia.
Cualquier ciudadano con ánimo desprevenido que se meta en el
pensamiento de estos nuevos profetas del caos, va a encontrar muchas falencias,
vacíos o aspectos inconscientes que ameritan un psicoanálisis. Imaginemos, por
ejemplo, su intento de suprimir la influencia de la familia en el recién nacido
porque su lenguaje está envenado con la ideología del poder o del capitalismo
perverso.
La familia siempre ha tenido unos rasgos comunes en todos los
modos de producción desde el tiempo de los cazadores y recolectores que vagaban
por las estepas africanas. Cualquier organización familiar humana no tiene otro
medio de despertar la consciencia de sí en el niño que el lenguaje; si no le
enseña a hablar y lo abandona en un bosque, será un “animalito”, un niño lobo
criado por animales. El esquizoanálisis que inventaron Deleuze y Guattari es un
torpe invento teórico que pretende crear un humano sin lenguaje.
Como no es posible escapar a la influencia de los otros, ¿qué
tipo de familia silenciosa proponen los neomarxistas de la revolución
molecular? Todos ellos olvidan que no hay un “fantasma en la máquina” y que el
lenguaje moldea el cerebro sobre una base biológica y genética que aparece en
cualquier organización al que llegue el niño o niña. ¿Y luego de la revolución
marxista, qué?
No hay comentarios:
Publicar un comentario