Dediqué tres años a investigar el fenómeno religioso sin
darme cuenta de que en realidad estaba buscándome a mí mismo, como lo explicó
el sacerdote John Dominic Crossan: no hay un Jesús histórico, sino que cada uno
elabora la figura de Cristo como un reflejo o ratificación de lo que cada uno
es.
La primera sorpresa de mi estudio fue constatar que el pueblo
hebreo era politeísta al salir exiliado a Babilonia en el año 587 antes de Cristo
y que la Torá o biblia judía se elaboró en el siglo siguiente en la misma
Babilonia (en el Irak de hoy) y Persia o Irán.
Eso significa que la creencia en un solo Dios nació como la mitología
sacerdotal para darle una esperanza o un sentido de la historia a un pueblo que
había sido subyugado siempre por potencias extranjeras. Las promesas de Yahvé
en la alianza con su pueblo elegido nunca se cumplieron.
Para confirmar el carácter mitológico de la Biblia se publicó
a finales del siglo pasado un estudio elaborado en una universidad de Israel,
titulado La biblia desenterrada, que nunca llegó a nuestras librerías, pero
pude encontrar en internet. Se trata de un estudio arqueológico con
conclusiones como estas: no hubo éxodo de Egipto, tampoco una toma violenta de
la tierra prometida; la historia de Moisés y de los reinos de David y Salomón es
producto de la imaginación.
Las condiciones propicias para que apareciera el monoteísmo
en Israel fueron políticas, facilitadas por Ciro el Grande, rey de Persia,
quien permitió el regreso del “pueblo elegido” a Jerusalén. Ese regreso se
efectuó por oleadas de migrantes y solo se consolidó hacia el año 450 a. C.
cuando se construyeron las murallas de la ciudad, según nos cuentan los libros
de Esdras y Nehemías, los más históricos de la Biblia. Los rabinos y escribas
que venían de Persia enseñaron el libro sagrado a esa pequeña comunidad de
colonos ignorantes y allí nació la creencia en Yahvé bajo la teocracia o poder
sacerdotal que representaba los intereses del imperio.
Luego se inicia la época oscura de la historia de Israel.
Consolidado el poder del clero, los profetas “callaron”, Yahvé no volvió a “hablar”
y “su” pueblo mimado siguió colonizado por los griegos de Alejandro Magno desde
el año 330 a. C. y por los romanos de Pompeyo desde el año 63 a. C. La dinastía
griega de Ptolomeo en Egipto había mantenido el dominio sobre la cercana Israel
y facilitado las influencias culturales mutuas en lo que he llamado la conexión
alejandrina porque Alejandría era la sede del faraón.
Durante el imperio romano de Augusto nació un predicador
rural judío que fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos y del emperador
Tiberio. Otro judío, nacido en Tarso, al sur de la Turquía de hoy, creó una
nueva mitología sobre las sublimes enseñanzas de Jesús, y apareció el
cristianismo. Feliz Navidad.
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