miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA LÓGICA DEL NEGOCIO




“Una época que desea que los adultos puedan imponer su sexualidad a los niños con el pretexto de la liberalización del sexo no expresa más que su propio nihilismo”.

Esa sentencia de Michel Onfray no solo es una condena contra la ideología de género, el neomarxismo y los intelectuales franceses que piden la legalización de la pedofilia con ciertas organizaciones de homosexuales, sino también una denuncia de la situación actual a que nos ha llevado las ciencias cognitivas con la negación de la existencia del sujeto o el ser humano como una entidad o fenómeno real. Nihilismo es el mundo de la nada, sin sentido, sin valores y sin dignidades. Para profundizar en esta “edad de la nada”, como la llama Peter Watson, podemos mirar la evolución de nuestro cristianismo y meternos en las tremendas implicaciones del desafío que esta nueva corriente de pensamiento nos plantea.

Vamos al siglo XVI, al año 1517, 25 años después de que Colón saliera con sus carabelas en búsqueda de las Indias. Un monje católico que vivía obsesionado con el pecado y el infierno enfrentó a su iglesia romana por la venta de indulgencias. Hizo un análisis del cristianismo como negocio ya que la Redención significaba que Cristo encarnó para “pagar” la deuda que todos los humanos teníamos con Dios-Padre. Además, por unas pocas monedas la Iglesia garantizaba el ingreso a los cielos del “comprador” o de un familiar que estuviese en el Purgatorio.

Martín Lutero meditó sobre los textos sagrados, en particular sobre la carta de Pablo a los romanos, y concluyó, conforme a sus obsesiones, que no importa cómo nos comportemos ya que siempre nos sentimos culpables y que hasta las buenas acciones tienen un objetivo egoísta o sucio de “comprar” la salvación eterna. Por tanto, como enseña Pablo, solo la fe nos puede salvar y nada importa lo que hagamos para recibir el favor de Dios. Dios no está vendiendo nada. Y si la redención no es un negocio, no necesitamos al clero que “vende” parcelas del cielo.

Fuera de la fe, de la relación con Dios, el hombre no es nada, “una identidad excremental”, como la llama Slovej Zizek, según la visión de Lutero, algo parecido al hombre actual que no es sujeto libre, sino una simple creación mental. Como consecuencia de esa perspectiva protestante, solo nos quedan dos posibilidades: una, la completa naturalización científico-tecnológica del hombre, es decir, un ser deshumanizado, sin dimensión simbólica, como si fuera más que un producto de la evolución animal.

La otra opción sería la búsqueda desenfrenada del placer. “El excremento que somos está privado de toda vocación superior”, como apunta el mismo filósofo. Y así como el virtuoso cristiano cree que sus virtudes le garantizarán la plenitud del amor en el Cielo, el entregado al goce y a la depravación buscará el placer total que es un vacío, la nada.

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