“Una época que desea que los adultos puedan imponer su
sexualidad a los niños con el pretexto de la liberalización del sexo no expresa
más que su propio nihilismo”.
Esa sentencia de Michel Onfray no solo es una condena contra
la ideología de género, el neomarxismo y los intelectuales franceses que piden
la legalización de la pedofilia con ciertas organizaciones de homosexuales,
sino también una denuncia de la situación actual a que nos ha llevado las
ciencias cognitivas con la negación de la existencia del sujeto o el ser humano
como una entidad o fenómeno real. Nihilismo es el mundo de la nada, sin
sentido, sin valores y sin dignidades. Para profundizar en esta “edad de la
nada”, como la llama Peter Watson, podemos mirar la evolución de nuestro
cristianismo y meternos en las tremendas implicaciones del desafío que esta
nueva corriente de pensamiento nos plantea.
Vamos al siglo XVI, al año 1517, 25 años después de que Colón
saliera con sus carabelas en búsqueda de las Indias. Un monje católico que
vivía obsesionado con el pecado y el infierno enfrentó a su iglesia romana por
la venta de indulgencias. Hizo un análisis del cristianismo como negocio ya que
la Redención significaba que Cristo encarnó para “pagar” la deuda que todos los
humanos teníamos con Dios-Padre. Además, por unas pocas monedas la Iglesia
garantizaba el ingreso a los cielos del “comprador” o de un familiar que
estuviese en el Purgatorio.
Martín Lutero meditó sobre los textos sagrados, en particular
sobre la carta de Pablo a los romanos, y concluyó, conforme a sus obsesiones,
que no importa cómo nos comportemos ya que siempre nos sentimos culpables y que
hasta las buenas acciones tienen un objetivo egoísta o sucio de “comprar” la
salvación eterna. Por tanto, como enseña Pablo, solo la fe nos puede salvar y
nada importa lo que hagamos para recibir el favor de Dios. Dios no está
vendiendo nada. Y si la redención no es un negocio, no necesitamos al clero que
“vende” parcelas del cielo.
Fuera de la fe, de la relación con Dios, el hombre no es
nada, “una identidad excremental”, como la llama Slovej Zizek, según la visión
de Lutero, algo parecido al hombre actual que no es sujeto libre, sino una
simple creación mental. Como consecuencia de esa perspectiva protestante, solo
nos quedan dos posibilidades: una, la completa naturalización
científico-tecnológica del hombre, es decir, un ser deshumanizado, sin
dimensión simbólica, como si fuera más que un producto de la evolución animal.
La otra opción sería la búsqueda desenfrenada del placer. “El
excremento que somos está privado de toda vocación superior”, como apunta el
mismo filósofo. Y así como el virtuoso cristiano cree que sus virtudes le
garantizarán la plenitud del amor en el Cielo, el entregado al goce y a la
depravación buscará el placer total que es un vacío, la nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario