En el año 70 de nuestra era, unos cuarenta años después de la
muerte de Jesús, la rebelión de los judíos ocasionó la destrucción del Templo
de Jerusalén por las legiones romanas comandadas por Tito. Ese evento
desencadenó un cambio trascendental en la religión de los judíos pues
desapareció también la clase sacerdotal, el poder político pasó al partido de
los fariseos y no se volvieron a ofrecer sacrificios de animales a Yahvé; en
lugar de tales sacrificios nació el culto a la palabra o a los libros sagrados
comentados por los rabinos en la sinagoga.
En los años siguientes comenzaron a escribirse los cuatro
evangelios aprobados por la mayoría de las iglesias cristianas: Marcos, en esos
años setenta; Lucas y Mateo, hacia los años 85 y 90, y Juan, cerca al año 100.
Es imposible comprender los evangelios si ignoramos las circunstancias en que
se escribieron, en particular las luchas entre los fariseos y el cristianismo
naciente.
La clase sacerdotal se había comprometido con los intereses
del imperio dominante desde cuando surgió la religión judía como tal y desde
que se redactó la Torá o biblia israelita hacia el siglo V antes de Cristo.
Tanto los persas (iraníes) como los griegos y finalmente los romanos habían
dado a los sacerdotes de Israel el poder de gobernar en algunos aspectos a su
pueblo y recolectar los impuestos para la metrópoli.
Eso convirtió a los sacerdotes en la oligarquía de Israel
desde el siglo V a. C. hasta el I de nuestra era. En cambio, los fariseos
luchaban contra el poder sacerdotal y se identificaban con los intereses del
pueblo impulsando una forma distinta de judaísmo que aceptaba la doctrina de la
vida después de la muerte y proponía el mandamiento del amor como el más
importante, doctrina atribuida a Hilel, un rabino nacido en Babilonia, y que predicó
también Jesús.
Entonces parece contradictorio que Jesús ataque a los
fariseos. A los evangelistas les interesaba desacreditar y derrotar a los
fariseos, aunque ese no fuese el deseo de Jesús mismo. De esta forma podemos
entender que muchas palabras atribuidas a Jesús no fueron expresadas por él y
que, según algunas investigaciones de finales del siglo pasado, apenas un 32
por ciento de los mensajes de Jesús son auténticos, en particular, las bellas
parábolas relacionadas con el reino de los cielos, el amor y la compasión. En
esas investigaciones fue trascendental el descubrimiento en 1945 del evangelio apócrifo
de Tomás, en una tumba cerca de Nat Hammadi, Egipto.
Marcos no habló del nacimiento e infancia de Jesús; eso lo
hicieron Lucas y Mateo a finales de ese siglo, cuando ya ningún contemporáneo
de Jesús existía para dar su testimonio. La fiesta de Navidad que celebramos es
un mito con un simbolismo maravilloso que no pierde mérito alguno por el hecho
de haber sido una creación de los evangelistas. Feliz Navidad.
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