Nuestras
madres y abuelas solían decir: “En esta casa no se habla de religión ni de
política”. Tenían un terror ancestral como inscrito en su ADN. Recuerdo que no
se permitía hablar de los vecinos protestantes o judíos, pues era como nombrar
a Satanás o como si hubiese sucedido algo que debíamos ignorar u ocultar. No se
hablaba de Bruno porque sus terribles profecías, que dejaban temblorosa a la
abuela, siempre se cumplían.
A medida que
conocemos nuestro pasado empezamos a comprender los temores de la abuela cuando
se hablaba de religión. Las raíces de esos miedos datan del siglo I, de los
evangelios que señalaban a los judíos como culpables del asesinato de Dios. Hablar
de los judíos era como nombrar a los peores delincuentes y recordar el crimen
más grande jamás cometido.
La angustia
de las abuelas tiene otro antecedente que data del siglo XVI, la Reforma
protestante. Un monje alemán se puso a leer la Biblia, en particular la
Epístola a los Romanos, y encontró una nueva interpretación del cristianismo:
la fe o la gracia es un don que Dios da caprichosamente a unos y niega a otros.
Por tanto, no importa lo que usted haga en su vida si está en la planilla del
infierno, pues allá terminará sin remedio; además, la iglesia católica, el
clero y el papa no se necesitan como intermediarios ante Dios.
De allí nació
la decisión de la Iglesia Romana de prohibir la lectura de la Biblia, no fuera
que apareciera otro hereje como Martín Lutero por ahí. Cuando empezaba la
Reforma, españoles y portugueses invadían estas tierras; no solo se prohibió
hablar de religión, sino también leer las sagradas escrituras que unos pobres indígenas
no iban a entender.
En Colombia
estaba prohibido hablar de política porque eso equivalía a resucitar los
demonios de La Violencia bipartidista iniciada en 1948, revivir el drama de las
guerras civiles entre liberales y conservadores del siglo XIX o, también,
ocultar el juego sucio del Frente Nacional y las componendas de los poderosos
para quedarse con el botín de los impuestos.
Las abuelas prohibían
hablar de filosofía y ciencias complicadas en el almuerzo porque no sabían nada
de eso. El lenguaje difícil aterra a la comunidad mal informada porque el suyo es
elemental, apenas suficiente para entender sermones, telenovelas, los maliciosos
comentarios antipolíticos de “Julito” y las promesas de los populistas.
El miedo a la
filosofía tiene dos siglos en el Occidente católico. El idealismo alemán
encontró que la historia de las religiones es la historia de Dios, del Espíritu
Absoluto, del sujeto o de la consciencia de sí, en la visión de F. Hegel. Por
esa época, la muerte de Dios era un hecho, es decir, Europa empezaba a ser incrédula.
El mito del sujeto humano divinizado remplazó del mito de Dios como el centro
de la sociedad burguesa y capitalista. No se habla de Bruno, no, no, no.
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