martes, 22 de marzo de 2022

NO SE HABLA DE BRUNO

 


Nuestras madres y abuelas solían decir: “En esta casa no se habla de religión ni de política”. Tenían un terror ancestral como inscrito en su ADN. Recuerdo que no se permitía hablar de los vecinos protestantes o judíos, pues era como nombrar a Satanás o como si hubiese sucedido algo que debíamos ignorar u ocultar. No se hablaba de Bruno porque sus terribles profecías, que dejaban temblorosa a la abuela, siempre se cumplían.

A medida que conocemos nuestro pasado empezamos a comprender los temores de la abuela cuando se hablaba de religión. Las raíces de esos miedos datan del siglo I, de los evangelios que señalaban a los judíos como culpables del asesinato de Dios. Hablar de los judíos era como nombrar a los peores delincuentes y recordar el crimen más grande jamás cometido.

La angustia de las abuelas tiene otro antecedente que data del siglo XVI, la Reforma protestante. Un monje alemán se puso a leer la Biblia, en particular la Epístola a los Romanos, y encontró una nueva interpretación del cristianismo: la fe o la gracia es un don que Dios da caprichosamente a unos y niega a otros. Por tanto, no importa lo que usted haga en su vida si está en la planilla del infierno, pues allá terminará sin remedio; además, la iglesia católica, el clero y el papa no se necesitan como intermediarios ante Dios.

De allí nació la decisión de la Iglesia Romana de prohibir la lectura de la Biblia, no fuera que apareciera otro hereje como Martín Lutero por ahí. Cuando empezaba la Reforma, españoles y portugueses invadían estas tierras; no solo se prohibió hablar de religión, sino también leer las sagradas escrituras que unos pobres indígenas no iban a entender.

En Colombia estaba prohibido hablar de política porque eso equivalía a resucitar los demonios de La Violencia bipartidista iniciada en 1948, revivir el drama de las guerras civiles entre liberales y conservadores del siglo XIX o, también, ocultar el juego sucio del Frente Nacional y las componendas de los poderosos para quedarse con el botín de los impuestos.

Las abuelas prohibían hablar de filosofía y ciencias complicadas en el almuerzo porque no sabían nada de eso. El lenguaje difícil aterra a la comunidad mal informada porque el suyo es elemental, apenas suficiente para entender sermones, telenovelas, los maliciosos comentarios antipolíticos de “Julito” y las promesas de los populistas.

El miedo a la filosofía tiene dos siglos en el Occidente católico. El idealismo alemán encontró que la historia de las religiones es la historia de Dios, del Espíritu Absoluto, del sujeto o de la consciencia de sí, en la visión de F. Hegel. Por esa época, la muerte de Dios era un hecho, es decir, Europa empezaba a ser incrédula. El mito del sujeto humano divinizado remplazó del mito de Dios como el centro de la sociedad burguesa y capitalista. No se habla de Bruno, no, no, no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario