Un argumento
de quienes hicieron una fiesta macabra por el fallo de la Corte se basó en la
libertad de la madre para abortar sin posibilidad de intervención del padre, la
familia o el Estado. La libertad del sujeto, la persona, es un mito en el que
se fundamentan la democracia y el capitalismo. No se puede ser demócrata y
capitalista para unos asuntos y enemigo a ultranza de nuestras instituciones
para otros.
La decisión
de abortar no es personal; es el producto del libreto que la familia, la
escuela y la influencia de los otros inscribieron en el cerebro de la madre. Eso
explica que el 68 por ciento de los colombianos rechazan la despenalización porque
son cristianos o tienen una moral que estructuró su mente y dio sentido a sus
vidas. En cambio, la mujer movida por un esquema mental marxista, ateo,
promiscuo, de enfoque de género o que creció en una familia disfuncional justifica
la legalización del aborto.
La vida de
los animales es un bien jurídico tutelado. Sin embargo, la vida del embrión, el
feto o el pretérmino es desechable. Recordemos que la Corte no definió un
límite para la terminación del embarazo en los tres casos que había establecido
años atrás. Una de esas causales es el peligro grave de la vida de la madre.
Entonces, una chica que quiera asesinar a su niño a las 28 semanas de gestación
puede alegar que se va a suicidar si no mata al bebé, y no faltará el médico
que certifique la causal como vimos en un caso público reciente.
La vida
humana comienza cuando el niño aprende a hablar. En la lógica de la Corte, podría
ser asesinado antes de que eso suceda. Recordemos que nuestro Código Civil
establece que el niño es sujeto de derechos después de que se corta el cordón
umbilical, aunque es tan “animal” en los primeros dos años de nacido como el
embrión o el feto. El parto de los humanos siempre es prematuro.
La educación
emocional no va ha disminuir los embarazos de niñas; la legalización del aborto
los aumentará, por razones obvias. La legalización también disparará la
irresponsabilidad de las mujeres y los embarazos no deseados. No es cierto que
el Congreso vaya a reglamentar el adefesio construido por la Corte porque el
Legislativo está bloqueado por el Acuerdo de paz, consagrado constitucional por
la misma Corte con su perverso enfoque de género.
En una
democracia se elige a los congresistas para que aprueben las leyes. En el caso
del aborto, una sola persona, un conjuez, tomó la decisión. Podría haber sido
otro, un provida. Una norma trascendental que afecta la vida de 50 millones de
colombianos aprobada por azar. Inaudito, además, que la Corte haya dado
facultades al Congreso para reglamentar “su” ley y haya desconocido al
Ejecutivo. ¿Por qué no buscar una tercera opción entre la cárcel infame y la mentira
de la libertad de la madre?
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