Hace dos años esta columna se propuso incursionar en los avances de la ciencia y la filosofía para encontrar una explicación a la definición dada por Yuval Noah Harari en el último libro de su trilogía, 21 Lecciones para el siglo XXI: “somos algoritmos”. Aunque he recibido algunos insultos por escribir sobre este tema, insisto.
“Somos lo que creemos”. Así es: si no somos entidades o personas, entonces somos simples libretos, relatos, ideologías, algoritmos, memes o mitologías que la sociedad graba en nuestro cerebro. Nuestros sentimientos, pensamientos y comportamientos están condicionados por la sociedad o la comunidad en que nacimos y vivimos.
El filósofo francés Jacques Lacan se inventó un calificativo muy especial para definir todo aquello que no soy, pero que me constituye. Lo llamó “el gran Otro”, la cultura, que existe solo como estructura virtual o simbólica o como inconsciente, aunque nuestras abuelas lo hayan personificado cada vez que exclaman con gran emoción: “¡Solo Dios sabe!”. Como si el Gran Otro las vigilara permanentemente para anotar sus méritos.
Es algo parecido a lo que hacen los creyentes en las ideologías totalitarias, nazi o comunista. El libreto racista y el del “profeta” Marx se convierten para ellos en absolutos. Su ideología es el sustituto de Dios, que los define, les da identidad, los hace mejores, la raza pura, decentes, progresistas, la Colombia humana. “Solo Marx sabe” o “Solo Hitler sabe”, sería su forma de plagiar a las abuelas.
Recuerdo mi columna sobre F. Nietzsche. Empezó a filosofar cuando tenía doce años y pensó que Dios debió crear el demonio como su Otro. No se puede “ser” persona sin un otro. En esa columna debí agregar que el Otro de Dios es lo que no es Él, y por ese camino habría explicado la lógica del panteísmo o de “todo es Dios”. No puede haber un “Otro” de Dios.
Dice el Nobel de Fisiología y Medicina Eric R. Kandel: “Somos en buena medida lo que somos gracias a lo que hemos aprendido y a lo que recordamos”, es decir, “la memoria es el adhesivo que aglutina nuestra vida mental”. El Dr. Rodolfo Llinás: “El sí mismo es una invención de la semántica intrínseca del cerebro”; “el yo es un estado funcional del cerebro y nada más, ni nada menos”; “es un mito la existencia de un yo separable de la función cerebral”. El mal de Alzheimer es la prueba irrefutable de que somos un recuerdo, y solo eso.
Imaginemos ¿qué pasaría si el sitio del cerebro donde reside nuestra identidad o nuestro algoritmo se daña en un accidente? Eso le sucedió en 1848 a un joven que trabajaba en los ferrocarriles de Nueva Inglaterra, los Estados Unidos de hoy. Una barra metálica atravesó el ojo izquierdo y destrozó parte de la corteza prefrontal de ese lado; él dejó de ser Phineas Gage. Su identidad cambió y su comportamiento también. Somos algoritmos, sí.
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