El título de esta nota es la frase que hizo famosa a Simone
de Beauvoir en su libro El segundo sexo, con primera edición en 1949. “La frase
es extraña, parece incluso no tener sentido”, dice Judith Butler, y en ello
tiene toda la razón. Para los amigos que han seguido esta columna la afirmación
de la profesora norteamericana es completamente lógica y tiene su explicación.
La expresión “una” lleva a pensar que hay un agente o un sujeto
previo a la asignación del género femenino, pero para el pensamiento
posestructuralista de Butler no hay sujeto. Peor aún, Simone tiene una
confusión, muy propia de su compañero Jean Paul Sartre y los existencialistas
de su tiempo, al considerar que el género es algo que se elige libremente,
teoría errónea que todavía defiende nuestra Corte Constitucional.
Aunque de Beauvoir afirma que “en la sociedad humana nada es
natural y la mujer es uno de tantos productos elaborados por la civilización”,
incurre en graves contradicciones al escribir: “los elementos biológicos son de
enorme importancia: desempeñan en la historia de la mujer un papel de primer
plano, son un elemento esencial de su situación”.
Estamos en el núcleo de la discusión que se viene dando en
España por el proyecto de la Ley Trans de Irene Montero, la esposa de Pablo
Iglesias y ministra del gobierno socialista. A los colombianos también nos
interesa después del Acuerdo de paz. Tal discusión supone tres elementos: el
sujeto, la naturaleza humana biológica y la cultura. El primero es un mito de
la sociedad democrática y del cristianismo; el segundo, el campo de las ciencias
que Judith y Jacques Lacan llaman lo Real, y el tercer elemento es la cultura,
que Lacan llama el Gran Otro.
En el Acuerdo de Santos, y en el proyecto educativo de
Podemos en España, el sujeto o niño no existe como tal y no es propiedad de sus
padres, razón por la cual el Estado puede educarlo como quiera. Si el género es
una imposición cultural de la sociedad patriarcal y machista, el Estado puede
imponer otra visión del género y hacerlo desaparecer porque sirve a los abusos
del capitalismo.
Simone de Beauvoir critica el marxismo: “no está claro que la
propiedad privada haya provocado fatalmente el sometimiento de la mujer; el
marxismo no puede ofrecer soluciones a todos los problemas que afectan al hombre;
es insostenible la tesis marxista que trata de reducir la oposición o
diferencia de los sexos a un conflicto de clases; en la lucha de clases no
existe una base biológica, es solo cultural; suprimir la familia, como pretende
la izquierda, no supone necesariamente la liberación de la mujer; el vínculo
que une a la madre y el hijo es irreductible a cualquier otro; el materialismo
histórico solo ve en el hombre y la mujer entidades económicas”. Y Simone era
marxista. ¡Qué tal!
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