martes, 2 de marzo de 2021

"No se nace mujer, llega una a serlo"


El título de esta nota es la frase que hizo famosa a Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo, con primera edición en 1949. “La frase es extraña, parece incluso no tener sentido”, dice Judith Butler, y en ello tiene toda la razón. Para los amigos que han seguido esta columna la afirmación de la profesora norteamericana es completamente lógica y tiene su explicación.

La expresión “una” lleva a pensar que hay un agente o un sujeto previo a la asignación del género femenino, pero para el pensamiento posestructuralista de Butler no hay sujeto. Peor aún, Simone tiene una confusión, muy propia de su compañero Jean Paul Sartre y los existencialistas de su tiempo, al considerar que el género es algo que se elige libremente, teoría errónea que todavía defiende nuestra Corte Constitucional.

Aunque de Beauvoir afirma que “en la sociedad humana nada es natural y la mujer es uno de tantos productos elaborados por la civilización”, incurre en graves contradicciones al escribir: “los elementos biológicos son de enorme importancia: desempeñan en la historia de la mujer un papel de primer plano, son un elemento esencial de su situación”.

Estamos en el núcleo de la discusión que se viene dando en España por el proyecto de la Ley Trans de Irene Montero, la esposa de Pablo Iglesias y ministra del gobierno socialista. A los colombianos también nos interesa después del Acuerdo de paz. Tal discusión supone tres elementos: el sujeto, la naturaleza humana biológica y la cultura. El primero es un mito de la sociedad democrática y del cristianismo; el segundo, el campo de las ciencias que Judith y Jacques Lacan llaman lo Real, y el tercer elemento es la cultura, que Lacan llama el Gran Otro.

En el Acuerdo de Santos, y en el proyecto educativo de Podemos en España, el sujeto o niño no existe como tal y no es propiedad de sus padres, razón por la cual el Estado puede educarlo como quiera. Si el género es una imposición cultural de la sociedad patriarcal y machista, el Estado puede imponer otra visión del género y hacerlo desaparecer porque sirve a los abusos del capitalismo.

Simone de Beauvoir critica el marxismo: “no está claro que la propiedad privada haya provocado fatalmente el sometimiento de la mujer; el marxismo no puede ofrecer soluciones a todos los problemas que afectan al hombre; es insostenible la tesis marxista que trata de reducir la oposición o diferencia de los sexos a un conflicto de clases; en la lucha de clases no existe una base biológica, es solo cultural; suprimir la familia, como pretende la izquierda, no supone necesariamente la liberación de la mujer; el vínculo que une a la madre y el hijo es irreductible a cualquier otro; el materialismo histórico solo ve en el hombre y la mujer entidades económicas”. Y Simone era marxista. ¡Qué tal!

 

 

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