A diferencia de Margarita Rosa de Francisco y de los
militantes de la izquierda, pienso que los bancos prestan un buen servicio
cuando tienen instituciones que los vigilan o controlan y el ciudadano sabe
utilizarlos según sus posibilidades. Como el Polo, la Colombia Humana o la
Alianza Verde, los bancos tienen su clientela, con una diferencia: estos no
engañan a la suya con mentiras, exageraciones o falsas promesas ni aprovechan
la alcaldía de Bogotá, o cualquiera otra, para enriquecer a sus familiares con
multimillonarios contratos que pagamos los ciudadanos.
La guerra por las clientelas se presenta en todas las
actividades humanas que venden un servicio. Uno de los campos en que esta
guerra no se ha definido después de varios siglos es el de la medicina y, en
particular, en el campo de los trastornos mentales, en el que todas las semanas
entran nuevos competidores a través de las redes sociales y el internet. La
partida moderna en esa carrera se dio cuando agonizaba el siglo XIX con dos
personajes: Sigmund Freud y Emil Kraepelin.
Kraepelin fue el fundador de la psiquiatría científica y en
1891 empezó a enseñar en la universidad de Heidelberg, Alemania. En esos años,
otro médico, Sigmund Freud, empezó en Viena sus investigaciones con el
propósito de ganarse la misma clientela de los psiquiatras utilizando la
terapia de la palabra. Todos sabemos que cuando nos “desahogamos” o contamos a
un amigo nuestros problemas, sentimos como un “fresquito” o un alivio.
Pues bien, en 1924 comenzaron los problemas para el
psicoanálisis porque uno de sus analistas, Theodor Reik, fue demandado en
Austria por no tener título en medicina para ofrecer una cura no aprobada por
la Ley. Aunque el “Iván Cepeda” de la época le consiguió unos testigos falsos
al acusado y salió libre, el Dr. Freud se enfureció e inició una campaña con el
propósito de robarles también a las religiones el mayor número posible de
clientes.
Freud escribió entonces uno de sus libros más mediocres, según
la psicoanalista Elisabeth Roudinesco, titulado El porvenir de una ilusión, para
criticar la religión, de la que siempre se había declarado su peor enemigo. La
religión es una neurosis como la obsesión y “el diablo es un sustituto del
padre”. Con su juego de metáforas o su manía interpretativa, Freud intentó
también quedarse con la clientela de los místicos o de los negociantes de la
meditación.
Aunque casi nadie ha oído hablar del Dr. Kraepelin, la
psiquiatría científica le ganó la partida a la empresa lucrativa de Freud y
apenas en los últimos años sus seguidores empiezan a aceptar que se equivocaron
al negar el valor de las ciencias naturales. Por su parte, las ciencias
cognitivas han empezado a darle valor a lo rescatable de la teoría del
inconsciente. Ese giro hacia la ciencia no lo darán Margarita Rosa y sus amigos
progres porque saldrían del mercado de las “bolsas”.
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