“Cuando tenía doce años imaginé por mi cuenta una maravillosa trinidad: Dios Padre, Dios Hijo (Jesucristo) y Dios Demonio. Mi deducción era que Dios, pensando por sí mismo, creaba la segunda persona de la divinidad, pero para ser capaz de pensar tenía que pensar en su contrario, y por tanto tenía que crearlo. Así fue como empecé a filosofar”. La cita anterior es tomada del libro Soy dinamita: una biografía de Nietzsche, escrito por Sue Prideaux. Esta nota es una invitación a profundizar en la clave de nuestro tiempo: la inexistencia del sujeto o de la persona.
Como el ser humano nace prematuro y no puede proveerse por sí mismo lo necesario para vivir, siempre necesita de otros. En más de cincuenta casos conocidos, niños y niñas, que no han aprendido a hablar, han sido criados por manadas de animales salvajes porque fueron abandonados por sus padres o han quedado solos después de un accidente aéreo, por ejemplo. Cuando son rescatados o vuelven al contacto con humanos, no tienen consciencia de sí, no hablan, no se perciben como humanos o como personas, no se creen sujetos y no tienen inclinaciones sexuales hacia otros humanos. Sin otro humano no existimos. Si Dios es persona, necesita de Otro, como nosotros. Consciencia es solo pensamiento.
Esa puede ser, en términos actuales, la reflexión que un niño de doce años en el año 1856 y que ha sido el problema central de las religiones occidentales monoteístas. Una persona solitaria es impensable, experiencia que han corroborado el 18 por ciento de colombianos que viven solos en esta cuarentena de cuarenta semanas. El mito de que soy una realidad, una entidad, una esencia, solo se sostiene con la mirada de otro. Si alguien no me habla o al menos me mira, mi yo desaparece y prefiero morir.
En otra columna explicaba cómo las tres religiones de un solo Dios han buscado una salida a la imposibilidad de que Dios sea una persona como nosotros y optaron por la mística, disciplina con muy poca trascendencia en el cristianismo, con la única excepción, quizás, de la iglesia ortodoxa oriental. La búsqueda mística de Dios en el islam se llama sufismo, y en el judaísmo, jasidismo.
Como Oriente nunca ha creído en la existencia del sujeto, el budismo tomó la meditación como medio de superar la cadena de encarnaciones y alcanzar el nirvana; pero no reencarna la persona, sino la consciencia, algo completamente ininteligible para la mente occidental contemporánea. La consciencia budista se parece al concepto de “espíritu”, sin identidad, que aprendimos del clero. Dios Persona es inconcebible sin su Otro, el Demonio, pensaba el niño F. Nietzsche.
Slavoj Zizek afirma que el cristianismo oculta el abismo que nos separa de Dios proporcionando una respuesta tranquilizadora: Dios nos ama. Creo que es una tontería decir que Dios no existe; somos nosotros quienes no existimos, no somos entidades; somos algoritmos, pensamientos, idea
No hay comentarios:
Publicar un comentario