Uno de los fenómenos más sorprendentes de la guerra cultural en que estamos involucrados con la izquierda es la incoherencia de su discurso. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de una revolución comunista o socialista? Ni siquiera se ponen de acuerdo sus líderes; se contradicen de un día para otro; pero no se sonrojan, no reconocen sus errores y no dan explicaciones porque en su discurso todo vale; no hay moral alguna en su estrategia.
El sujeto revolucionario ya no es la clase obrera y, mucho menos, sus anacrónicas guerrillas. Decidieron desde el siglo pasado que, si no hay un conflicto social, hay que inventarlo, y optaron por llamar, con paga incluida, a todos los inconformes a colaborar en las manifestaciones, bloqueos y en la destrucción de nuestra economía. Como su campo de batalla es el lenguaje, repiten en los medios a su servicio y en las redes sociales las mismas consignas, todas las calumnias y mentiras posibles porque saben que al menos muchos adolescentes y los mal informados las tomarán como hechos reales.
Ese es el contexto para comprender el nuevo rumbo del discurso mamerto. Hasta hace unos días trataban de convencernos de que la paz se había logrado con el Acuerdo y que quienes no lo vimos así, estábamos equivocados. Por fin aceptaron la contundencia de los hechos y entonces decidieron culpar con todo tipo de exageraciones al presidente Duque y al resto de los colombianos. El país, dicen, está matando a sus jóvenes.
No aprendieron los seguidores de Petro y Claudia López la lección de sus maestros sobre el fetichismo de la ley, de la mercancía o de la democracia. Ley, mercancía, democracia y país son entes ideales o imaginarios que no hacen nada. A los jóvenes de Samaniego no los matamos los colombianos y, mucho menos, el presidente devoto de la Virgen de Chiquinquirá; los asesinos no eran de la región y alguno tenía acento mexicano.
No los asesinaron para truncar sus sueños. Fueron identificados y muertos con tiros de gracia porque hacían parte de una banda criminal enemiga. Por más sádico que sea un ser humano no asesina a unos estudiantes universitarios porque bailaban sin tapabocas en la pandemia; tampoco, por el simple hecho de “sembrar terror”, como repitieron la última semana los muchos miles seguidores, reales o ficticios, de la serie El Matarife.
No deja de ser abominable cualquier homicidio, pero si algo aprendimos del proceso de paz con las FARC es el desprecio por la vida humana, en particular de los niños y niñas, que tiene la izquierda. Las masacres, las violaciones y los genocidios no son más que oportunidades para su política macabra, sin ningún respeto por la dignidad humana o por las autoridades que elegimos. Si el presidente fuera Iván Cepeda o alias Tornillo, el discurso de sus cómplices nacionales e internacionales, incluidos HRW y la ONU, sería otro.
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