Me decía el director de La crónica del Quindío hace unos años que quienes comprábamos un periódico por la sección de opinión conformábamos una especie en vía de extinción. Eso seguía siendo evidente hasta el año pasado cuando El Diario virtual se podía leer sin suscripción. En promedio una columna de opinión era leída por unas 300 personas, en promedio, mientras la noticia sobre un sicariato, por seis o siete mil. Supongo que el número de lectores de las columnas de opinión en la versión física debe ser muy inferior.
Quienes trabajamos para sembrar inquietudes, suscitar el espíritu de libertad y enfrentamos asuntos de interés universal ya no podemos ser consultados en otros países, como lo he podido corroborar en Google y en una página que todos los días me informa de las citas o referencias de mis artículos. Entonces me pregunto si vale la pena escribir para muy pocos suscriptores que valoran el trabajo y el estudio que tenemos que realizar los colaboradores del periódico en un oficio no remunerado.
En mi caso particular, intenté desde enero del año pasado un experimento sin precedentes en la historia del periodismo nacional sobre unos conceptos nuevos vinculados a las ciencias humanas, el arte y la evolución general de la cultura. Me refiero a la inexistencia del sujeto o de la persona y al carácter engañoso o metafísico de todas las ideologías, conceptos que tomé de los escritos de Yuval Noah Harari y que fueron la oportunidad para incursionar en el pensamiento posmoderno de los principales filósofos europeos de los últimos años.
También mostré cómo esos avances del pensamiento universal cambiaban completamente nuestra visión de Dios y de la religión, nuestras ideas sobre política, ciencia, democracia, historia, marxismo, enfoque de género y, en general, sobre toda nuestra cosmovisión, pero especialmente acerca del sentido de la vida. Por los insultos e incomprensiones que esas mismas ideas despiertan en las redes sociales, me he dado cuenta de que la ignorancia al respecto es general y que nuestro sistema educativo ha fallado.
Mi frustración es mayúscula al observar cómo la propaganda y el eslogan mentiroso determinan la opinión de la mayoría de los colombianos tal como se refleja en encuestas o sondeos de opinión, siempre montados con interés político o populista. Cuando diversas encuestas muestran que más del 70 por ciento de los jóvenes entre 18 y 27 años prefieren una dictadura a una democracia y que cualquier exguerrillero terrorista y violador de niños tiene mejor aceptación en la comunidad que un expresidente de la República, no hay futuro para Colombia.
Con lo ocurrido al expresidente Uribe Vélez la semana pasada, todos los colombianos tenemos la obligación de revisar nuestro compromiso con la democracia. El Diario podría permitir leer nuestras columnas en internet ya que no nos lucramos con las suscripciones y para que nuestra labor no sea inútil.
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