En aquella época, los encapuchados de las marchas
universitarias no recibían ninguna remuneración por atacar a los policías como
ahora; lo hacían por puro romanticismo, por la inspiración revolucionaria que
recibían de la ideología comunista o por cierta pasión contracultural que se
apodera de los adolescentes en todos los tiempos y lugares cuando tratan de
asumir la identidad que les da un relato terrorista.
En las tardes del año 1969, solía asistir a las protestas de
los estudiantes de la Universidad Nacional de Bogotá en compañía de una amiga
pereirana que vivía en las residencias estudiantiles. Aunque yo tenía la misma
edad de los revoltosos, su actividad me parecía un montaje teatral sin mucho
sentido, salido de todo contexto político y social como lo sigo considerando
hoy.
Ya hacía diez años que Fidel Castro había tomado el poder en
Cuba, y hacía cinco que se habían fundado las Farc en Colombia, cuando un grupo
de universitarios preparados en la Unión Soviética convencieron a alias
Tirofijo de transformar sus autodefensas liberales campesinas en un grupo
marxista. Luego aparecieron el ELN y el EPL.
En 1966, Mao Zedong había iniciado la Revolución Cultural que
se extendería por más de un lustro en toda la China y tenía en los niños y
adolescentes sus principales gestores con el propósito de destruir el más
mínimo vestigio de la cultura burguesa y occidental. Hasta hablar un idioma
extranjero, usar lentes o leer libros no aprobados por el Partido Comunista eran
considerados delitos, en un movimiento parecido al de lo políticamente correcto
que lleva hoy a los muchachos gringos y a nuestros indígenas ingenuos a
derribar estatuas “incorrectas”.
El mejor contraste de las revueltas de la “Nacho” lo dieron
los jóvenes parisinos de mayo del 68. Aunque nuestros revolucionarios del
barrio El Chicó de Bogotá (como el impulsor del Acuerdo de paz con las Farc,
Enrique Santos Calderón) sigan manteniendo el mito romántico de ese movimiento
y lo llamen “glorioso”, de revolucionario no tuvo nada y tampoco de marxista.
“La revuelta no estaba dirigida contra los males que provoca esta sociedad sino
contra sus beneficios”, escribió Herbert Marcuse.
Mientras hace medio siglo los estudiantes de la Nacional
intentaban incinerar a los policías colombianos en la calle 26 de Bogotá con
sus bombas artesanales, dos jóvenes se prendían fuego en Europa para protestar
contra los abusos del régimen soviético en Checoslovaquia. Ilia Rips y Jan Palach
protestaban contra la invasión de los tanques soviéticos para reprimir la
Primera de Praga, ese intento por construir un socialismo con rostro humano y
democrático.
Este movimiento se había iniciado hacia 1948. En 1952, su
principal líder, Rudolf Slánský, fue ahorcado con diez funcionarios comunistas de
gobierno checo, casi todos judíos, después de un juicio montado con testigos
falsos, exactamente como lo siguen haciendo hoy nuestros marxistas. Fue uno de
los últimos crímenes de Stalin un año antes de su muerte. Pasaron muchas cosas.
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