La víctima no era un buen ciudadano;
era un antisocial que como miles de otros colombianos no dejan dormir a sus
vecinos porque la Corte Constitucional dejó sin vigencia la norma del Código de
Policía que habilitaba la intervención de los agentes. Aunque los medios más
importantes del país se adelantaron a fijar responsabilidades para estimular la
violencia cuando no se han concluido la necropsia y la investigación, un
imprudente abogado lanzó la hipótesis de una fibrilación ventricular
condicionada por el exceso de licor del taxista que cambiaría completamente la culpabilidad
de los policías.
Los revoltosos, que no representan a
la mayoría de los colombianos, generaron más muertes para radicalizar su locura.
No son personas desadaptadas. ¿Desadaptadas con relación a qué? Es obvio que se
trata de jóvenes que ya no se identifican con las doctrinas religiosas y mucho
menos con las democráticas de los derechos humanos o con ese humanismo ramplón de
algunos medios. En su gran mayoría son muchachos condicionados como el perro de
Pávlov a reaccionar a ciertos estímulos muy precisos como si estuvieran
sometidos a un plan preconcebido y bien orquestado. De hecho, no tiran una sola
piedra cuando las víctimas son cadetes de la policía, los líderes sociales, los
exguerrilleros de las FARC o un ciudadano asesinado por un atracador.
El hecho de que ataquen al mismo
tiempo, con las mismas armas y capuchas, con objetivos y estrategias similares,
nos permite suponer que su actuación no es espontánea, sino la representación
de un papel que les fijaron y pagaron otros, los directores de escena. Las
personas no existen; el comportamiento que a ellas se atribuye no es más que un
libreto inscrito en su cerebro, como nos pasa a todos en el proyecto de vida
que creemos nuestro, pero que en realidad nos impusieron.
El montaje de los anarquistas es la
representación del drama que aprendieron en el colegio, la universidad y las
redes sociales; es el sueño de Gustavo Petro y Claudia López; es el capítulo
segundo de una tragedia iniciada en el mes de noviembre, cuando no existió un
abuso policial como coartada hasta la muerte de Dylan, pero que se fundamentó
en cien motivos imaginarios; es el proyecto del marxismo internacional, del
Foro de Sao Paulo o de Puebla; es la misma revolución molecular. Un buen título
para la obra podría ser “El espectáculo de FECODE”.
La ingenuidad del partido de gobierno
y del mismo presidente Duque, más la excelente labor de los organismos de
derechos humanos, infiltrados por el marxismo para anular a la policía y al Ejército
en el control del orden público, han creado las condiciones favorables para la
acción del comunismo internacional. La actitud pasiva y complaciente con el
terrorismo de los alcaldes de izquierda en las principales ciudades del país
han construido el escenario perfecto para la tragedia. Los colombianos somos el
público pasivo en la platea. Preparémonos para lo peor.
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