En E.E. U.U. los sectores conservadores llamaron peyorativamente “lo
políticamente correcto” a un programa izquierdista nacido en el siglo pasado en
algunas facultades de humanidades, con el propósito de revisar con un criterio
multicultural las obras de literatura, arte o filosofía para corregir o
sancionar las que “afectaban” a las minorías oprimidas (mujeres, negros,
esclavos, hispanos, migrantes, comunidad LGBTI, etc.).
Historiadores que usaban sus textos para hacer proselitismo político de
izquierda, como el inglés Erich Hobsbawm, el español Josep Fontana o el
colombiano Indalecio Liévano Aguirre, se consideraban políticamente correctos
porque aplicaban los dogmas del materialismo dialéctico o de la lucha de clases
en sus análisis. Por el contrario, quienes se salían del esquema eran tildados
de “revisionistas” y condenados al ostracismo. En el campo de la filosofía
pasaba algo similar. Si usted no repetía a Marx, Althusser, Foucault o Derrida,
era un vulgar burgués vendepatrias y enemigo del pueblo.
De esa visión nació también el movimiento de discriminación positiva, que
propone un tratamiento preferencial para las víctimas de discriminación. De
ingrata recordación en Colombia es la ley de cuotas para favorecer a las
mujeres en la repartición de los cargos públicos y que fue maliciosamente
utilizada por la parapolítica para que los encarcelados por esa causa fueran
remplazados en sus cargos por las esposas, hijas y otras allegadas.
Fue la misma argucia de las FARC y el expresidente Santos para aumentar
las curules de la izquierda en el Congreso con el cuento de que eran las 16
curules de las víctimas, cuando en realidad estas fueron remplazadas
fraudulentamente por amigos de las guerrillas en las negociaciones de La
Habana. La forma extrema de esta discriminación positiva fue la introducción
del enfoque de género en el Acuerdo de paz provechando la ignorancia o la mala
fe del expresidente Santos, sus asesores y los magistrados de las altas cortes.
El enfoque de género, marxista y neonazi representa el uno por ciento de la
población e inspira los frecuentes ataques de la comunidad LGBTI+ a las
religiones por ser políticamente incorrectas.
El análisis de lo políticamente correcto y la discriminación positiva no
es completo si no se revelan los ocultos intereses del actual movimiento
antirracista de Estados Unidos extendido a Europa. Es dirigido por movimientos
radicales de izquierda, financiado por organizaciones opuestas a Donald Trump y
se ha convertido en la revolución de los idiotas que destruye estatuas y
monumentos con algún cariz de lo políticamente incorrecto porque recuerdan a un
personaje esclavista, colonialista, blanco o burgués.
Es un
nuevo puritanismo llevado al extremo y que recuerda las peores épocas del
fascismo, el nazismo y del fanatismo religioso; es la izquierda imitando la
quema de libros por la Inquisición católica; otra infame revolución cultural
similar a la de Mao Zedong entre 1966 y 1968; el PSOE desenterrando el cadáver
de Francisco Franco el año pasado para tomar una venganza simbólica. Sí, la revolución de los idiotas
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