Carl Schmitt (1888 – 1986), destacado jurista y politólogo alemán nazi, sigue siendo motivo de interés para la derecha y para la izquierda por sus brillantes escritos en favor de Hitler y por sus críticas a la democracia. Su teoría se ha llamado “Decisionismo”, pues plantea que las naciones, como los seres humanos, deben elegir entre Barrabás y Jesús para acceder al camino del desarrollo.
Schmitt describía perfectamente lo que han hecho nuestros gobernantes durante doscientos años de independencia: son indecisos, prefieren no tomar partido, son esclavos de los formalismos y aplazan todas las discusiones importantes; se aterran ante posibles intervenciones de los organismos defensores de derechos humanos, muchos de ellos infiltrados por la izquierda; prefieren nombrar una comisión inútil que estudie el problema antes que hacer algo efectivo para resolverlo. Es la actitud pasiva de Jesús y no la beligerante de Barrabás.
En otras palabras, hemos sido esclavos de la mitología democrática de los derechos humanos. No hemos encontrado el líder o el partido que nos lance a un desarrollo económico real, la única forma de superar nuestros problemas de corrupción y la falta de garantías para que la mayoría de los colombianos conformen una gran clase media necesaria para que nuestra democracia sea fuerte. Cometimos el error histórico de hacer un sistema burgués sin burgueses; un capitalismo sin capital, cuando nuestros únicos medios de producción siguen siendo el machete y el azadón; una “sociedad moderna” que solo producen café, petróleo y carbón; para colmo de males, tanto la derecha como la izquierda siguen tercamente empeñados en el mismo proyecto.
Nuestra ingenuidad se hizo patética con el Acuerdo de paz. En lugar de aprobar una hoja de ruta hacia la modernidad, como nos recomendaron varios economistas, creamos las condiciones para que, en los próximos veinte o treinta años, los planes de desarrollo nos regresen a la Edad Media. Para obtener el Nobel de Paz y fortalecer la guerrilla se acordó, con enfoque de género, dar un pedacito de tierra a cada campesino, campesina, gay, lesbiana o transexual para no resolver nada.
Países como Japón, China, Corea del Sur, Chile, España, Singapur, Rusia, Turquía y muchos otros tenían problemas similares a los nuestros. En circunstancias muy diversas, tuvieron gobiernos fuertes que no dejaban bloquear la economía por unos pocos niños burgueses de las universidades, tres cuatro indígenas, una alcaldesa histérica o por siete encapuchados pagados por las guerrillas y Nicolás Maduro. Industrializaron sus países en pocas décadas y les dieron el toque capitalista necesario para mejorar la calidad de vida de sus pueblos.
Los partidos tradicionales de centro o derecha se mantienen en el ritual de la Constitución Nacional y no encuentran el camino al desarrollo; los partidos de izquierda, más despistados todavía, prometen acabar con nuestro capitalismo, que no existe, para repetir el circo mafioso de Venezuela. Seguimos fieles a Jesús en materia política. Schmitt tenía razón: tenemos una democracia estúpida.
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