Nuestro sistema educativo se puede evaluar desde diversas perspectivas: por el resultado de los exámenes internacionales, el número de libros por año que en promedio lee cada colombiano, el porcentaje de jóvenes que terminan la universidad, etc. Otra forma de hacerlo es la cultura general o los conceptos básicos que debe tener toda persona y que se reflejan en las redes sociales.
El caso reciente del joven policía, que se negó a ejecutar un desalojo ordenado por un juez de la República, desnudó el fracaso de nuestra educación básica en democracia o civismo si miramos los comentarios que aparecieron en las redes. La moral no tiene prelación sobre las leyes del Estado, excepto en aquellos casos en que la misma ley reconoce la objeción de conciencia.
En este mismo campo, hay otro aspecto que la mayoría de los colombianos ignoramos y que es la base de muchas peleas tontas entre uribistas e izquierdistas. Me refiero a la responsabilidad objetiva que está proscrita o prohibida en nuestro Código Penal. Ejemplo: si invito a un amigo a dar un paseo en el carro, somos atropellados por una tractomula en un pare y él muere; los familiares de mi amigo no pueden acusarme de homicidio con este argumento: si no lo hubiese invitado a salir, no habría muerto.
Petro no es responsable de todas las atrocidades del M-19. Asimismo, Uribe no es responsable de todos los falsos positivos que sucedieron durante su mandato y los muchos otros ocurrido desde los años ochenta del siglo pasado y que fueron denunciados desde ese tiempo. No es responsable de las falencias del sistema de salud porque fue ponente del proyecto; tampoco, de los crímenes cometidos por los paramilitares que lo apoyaron espontáneamente sin solicitud suya. Eso es responsabilidad objetiva, la falacia tras el panfleto de El Matarife.
En filosofía, la materia en que estamos más atrasados por el adoctrinamiento a que hemos estado sometidos en los últimos sesenta años, la situación da grima. Esta columna ha estado dedicada a aportar un poco en ese campo desde el año pasado para tratar de aproximar a nuestra comunidad en dos conceptos básicos que nos ponen en el siglo XXI y nos permiten superar toda esa basura que nos enseñaron en el colegio.
Me refiero a la inexistencia del sujeto como entidad, esencia o realidad y a su definición como un algoritmo, concepto que también hace parte de las ciencias neurológicas o cognitivas. El otro concepto es el carácter engañoso de nuestros relatos religiosos y políticos. En el primer caso, el de las religiones, no hay problema porque todos sabemos que la fe o los mitos son la base de nuestras creencias; pero en el caso de las ideologías políticas, incluidas nuestra democracia capitalista y el marxismo, aquel principio es de marca mayor y, entenderlo, sería la solución a tanta corriente inútil que botamos, aunque los mamertos aleguen que Marx hizo ciencia.
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