Dado el auge que el budismo ha tenido entre algunos jóvenes occidentales, presentaré una síntesis de su doctrina y lo relacionaré con algunas filosofías actuales de este lado del Planeta.
Para ello es necesario recordar que el budismo surgió en el noreste de la India en el siglo VI a. C. como una reacción al hinduismo, la religión de las castas que los arios habían traído del norte. Sin embargo, las prácticas del Buda para llegar a la iluminación no tuvieron éxito en la India, pero sí en El Tíbet, Sri Lanka y otros pueblos de oriente.
Para el budismo, el sufrimiento surge del deseo no satisfecho del yo imaginario que creemos ser porque las rutas ordinarias de la existencia –el poder, las riquezas, los placeres de los sentidos, etc.—no pueden procurar una satisfacción o felicidad permanente. Todos los factores mentales negativos como el apego, el odio, los celos y la falta de discernimiento surgen de un yo que no es más que una simple etiqueta pegada al intelecto sobre la unión temporal de diversos elementos interdependientes.
El budismo se considera una disciplina contemplativa elaborada por ermitaños seguidores de Siddhartha Gautama, conocido como el Buda, quien logró la iluminación, es decir, superar el samsara o la cadena de reencarnaciones. Estas reencarnaciones no son de una entidad o de un sujeto o yo que, como ya anoté, no existe, sino un “oleaje de consciencia” o “un continuo de una corriente de consciencia” que se perpetúa sin que haya una entidad fija y autónoma que la recorra”.
Para un marxista contemporáneo, el budismo convierte un problema social y económico en místico o trascendental, como hacen todas las religiones. Sus campañas de solidaridad no resuelven los verdaderos determinantes de la pobreza y el sufrimiento; su solución es para una minoría de monjes privilegiados y vagos que han convertido su actividad en un negocio o su forma de vida.
Un filósofo neoestructuralista comparte la convicción del que el yo o sujeto no existe, pero análisis es muy distinto. La consciencia es solo pensamiento y no ese flujo metafísico. El budismo defiende el mito del fantasma en la máquina, que la ciencia occidental y el posmodernismo rechazan. La consciencia surge en el humano cuando aprende hablar, pero no es una “realidad” diferente a la materia o al cerebro: es solo una realidad virtual, un lenguaje, en el que ser humano es un algoritmo.
El pensamiento pragmático de los países anglosajones tiene también buenas críticas para el budismo. Las verdades últimas o la plenitud de la vida son principios mitológicos imposibles de demostrar porque escapan a las posibilidades de nuestro conocimiento. Por tanto, la sociedad en que vivimos tiene unos problemas qué resolver a través del consenso de los interesados para lograr justicia social y felicidad, y a casi nadie le importa no ser un sujeto
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