Cuando se firmaron los acuerdos de paz entre el expresidente
Santos y las guerrillas de las Farc, la mayoría de los colombianos no se
percataron de que la “verdad” tenía un sentido distinto entre las partes. La verdad
jurídica de la JEP es diferente a la de nuestros tribunales; la verdad en el
Centro Nacional de Memoria histórica depende de si es dirigido por
simpatizantes del marxismo o por Darío Acevedo C.; la Comisión de la Verdad
tiene un discurso diferente cuando es orientada por un sacerdote formado en la
Teología de la liberación o por un demócrata. En otras palabras, el Acuerdo fue
un fraude por la ambigüedad de todas sus expresiones.
Por eso, en los medios y redes sociales se repite todos los
días la imagen de alias “Tornillo” aclarando que el concepto de derechos
humanos o de persona humana es un concepto burgués. En eso tiene toda la razón.
Esas palabras hacen parte de nuestro relato democrático, pero nunca han sido
componentes del discurso marxista. Cuando un guerrillero secuestra a un niño
para convertirlo en un arma de guerra, o cuando una mujer “aborta” a un niño
viable en el tercer trimestre del embarazo, o cuando el mismo “Tornillo” abusa
de un menor de edad, no están afectando los derechos humanos o a una persona
porque en su ideología esos términos no existen.
Cuando un individuo de la especie humana se compromete o
asume como propio un relato cristiano, marxista, demócrata o fascista, adquiere
una identidad o se pasa a vivir en uno o varios de esos relatos que
determinarán su comportamiento y su vida. Los relatos son estructuras simbólicas
o virtuales que me constituyen porque fuera de ellos no soy nada, no existo.
Cuando aprendemos a hablar recibimos no solo la identidad personal imaginaria
simbolizada en un nombre, sino también otros lenguajes que me dan las
identidades de cristiano, petrista, uribista, colombiano, demócrata, etc.
Esta teoría se llama estructuralismo, apareció en el siglo
pasado y cambió completamente nuestra forma de pensar. Para el estructuralismo,
como para la ciencia, no somos personas o sujetos, sino simples creaciones
mentales. Nuestro relato democrático es una mitología como la religión. Sobre
esa fantasía se creó nuestra organización política que la izquierda ha querido
destruir hace siglo y medio para establecer el socialismo, otro relato
imaginario, que puede ser como el de Nicolás Maduro, el de Fidel Castro o el
que domina la China o Corea del Norte.
Cuando los ideólogos del marxismo entendieron el
estructuralismo y que su viejo esquema político estaba equivocado, entonces
Gustavo Petro llamó a su movimiento “Colombia Humana”, Claudia López dice que
lucha por los derechos humanos de las mujeres y la comunidad LGBTI y, en
algunos textos de los camaradas, se dice que lo único rescatable del relato
democrático es su visión de los derechos humanos. Sin embargo, todo eso es una
trampa para ganar elecciones; su plan es otro.
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