Siempre que hablo como cristiano estoy expresando una idea
que considero la “verdad” de mi fe y para ello utilizo una palabra. Eso mismo
sucede cuando hablo como marxista: una idea aprendida en los textos de mi fe revolucionaria
es plasmada en las redes sociales, por ejemplo, por medio de distintas
expresiones. En el primer caso, palabras o significantes como Jesús, salvación,
Dios o evangelio coinciden con ideas o significados que tengo de ellas; en el
segundo sucede lo mismo con expresiones como clase social, capitalismo,
alienación, modos de producción o sociedad sin clases.
El sujeto cristiano o marxista que soy está convencido de que
a cada idea tomada de esos relatos corresponde o da sentido o valor a la
palabra que utilizo. Ahora, si llamamos a mi idea religiosa o marxista
“significado” y, a la palabra o expresión que uso en cada caso, “significante”,
tengo que concluir que en el lenguaje ordinario prima mi idea o significado
sobre la palabra o significante.
Esa visión cambia completamente en el mundo de hoy cuando
hemos aprendido que yo, como sujeto, no existo, pues no soy más que una
creación mental. Eso significa que cuando hablo, no soy “yo” quien lo hace; es
mi relato cristiano o marxista el que habla por mí. Entonces se invierte el
esquema: primero está la palabra o el relato o el código o el lenguaje o el
significante que la idea. Es la primacía del significante sobre el significado.
Las palabras o significantes valen o tienen pleno sentido en
la doctrina cristiana o marxista que aprendí o me enseñaron otros, pero fuera
de ese relato no tienen ningún significado o sentido. Los relatos que conforman
mis identidades como cristiano, comunista, pereirano, colombiano, ateo,
revolucionario, masculino, femenino, etc. son estructuras mentales en las que
ingreso cuando aprendo a hablar o entro al mundo simbólico o de los códigos.
Los lenguajes o relatos que me constituyen como ser humano
encontraron en la película Matrix una buena explicación: vivimos en una máquina
virtual o en un lenguaje en el que no somos más que elementos pasivos de un
juego llamado estructura. De allí que, cuando peleamos en las redes sociales,
no son dos o diez personas las que se enfrentan, sino dos o diez discursos,
relatos o lenguajes distintos. Generalmente conformamos redes con aquellas
“personas” o con aquellos relatos que son iguales a “nosotros” o a nuestro
discurso para que todos ratifiquemos lo que creemos “ser” con toda ingenuidad.
Gracias al internet y a las redes sociales es más fácil
entender que vivimos en un mundo virtual o en un lenguaje, algo que antes era
más difícil de comprender para nuestros padres o abuelos. Entonces resulta
relativamente fácil hoy entender a Yuval Noah Harari cuando en su último libro,
21 lecciones para el siglo XXI, afirma que todos los relatos religiosos o
políticos son engañosos y que no soy más que un algoritmo.
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