Señor Director de La Patria:
No salgo de mi asombro después de leer el artículo de su
columnista Darío Arenas Villegas, El género en disputa, título tomado del texto
escrito por la filósofa norteamericana Judith Butler y publicado en 1990. Más
allá de su crítica a un grupo cristiano que protesta por el nombramiento de
Matilda González en la Secretaría de la Mujer –asunto que no discuto—me llaman
la atención las inexactitudes del columnista que me llevan a pensar que no leyó
el libro o no lo entendió.
Su planteamiento sobre el género sexual natural en animales y
humanos que no corresponde con los genitales externos está en clara
contradicción que la propuesta de Butler y el enfoque de género que se consagró
en el Acuerdo de paz con las FARC y ahora hacen parte de nuestra Constitución
Nacional. Para Judith, el género es una asignación cultural sin relación alguna
con la naturaleza humana, es decir, con la biología, la genética, las ciencias
cognitivas o con la epigenética.
También es discutible la afirmación de Arenas Villegas en el
sentido de que el punto nodal de este debate es la lucha por el reconocimiento,
como se desprende del texto de Butler y de toda la literatura que circula en
todo el mundo sobre la perspectiva de género. La lucha por el reconocimiento es
democrática desde cuando F. Hegel escribió La fenomenología del espíritu, y en
eso hemos avanzado mucho, tanto que existen claras y serias oposiciones al
intento cristiano por deslegitimar esa lucha.
El punto nodal del debate es otro y está expresado en el
grito de guerra de Judith Butler en el Prefacio de su libro de 1999: “Sigo
albergando la esperanza de que las minorías sexuales formen una coalición que
trascienda las categorías simples de la identidad, que rechace el estigma de la
bisexualidad, que combata y suprima la violencia impuesta por las normas
corporales restrictivas”. Como bien lo señalan Agustín Laje y Nicolás Márquez
en El libro negro de la nueva izquierda, casi todas las ideólogas del enfoque
de género son lesbianas marxistas que tienen como meta destruir toda forma de
heterosexualidad, imponer un solo género, el transgénero, destruir la familia
convencional o patriarcal y despenalizar el incesto y la pedofilia.
En este contexto se comprende muy bien el conflicto que hay
en España por la imposición del gobierno de izquierda del enfoque de género en
forma transversal en todas las instituciones educativas, porque “los hijos no
son propiedad de los padres”. La comunidad de Murcia y los partidos de centro y
derecha se oponen a la reforma mediante un pin parental que es una autorización
de los padres para que sus hijas puedan participar en esa nueva educación
sexual.
Después de estudiar durante varios años el enfoque de género,
me parece comprensible que no se entienda por amigos y enemigos pues es otra
forma de analizar la condición humana.
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