Si los colombianos entendieran el significado y las perversas
implicaciones del “enfoque de género”, consagrado en el Acuerdo de paz, con
absoluta seguridad la Alianza Verde no habría logrado elegir a los alcaldes de
Bogotá, Cali y Manizales, como tampoco la izquierda al de Medellín.
Si supieran que uno de sus objetivos es abolir la norma que
prohíbe el incesto, es decir, que los padres podrán tener relaciones con sus
hijos y los hermanos entre ellos, una vez se generalice el adoctrinamiento
neomarxista en jardines, escuelas, colegios y universidades, casi nadie habría
votado por esos alcaldes.
Si supieran que en Argentina, Perú y España el proyecto
infame de la izquierda internacional es una realidad, que hace parte de nuestra
Constitución y que “deberá ser entendido y aplicado de manera transversal en la
implementación de la totalidad del Acuerdo”, todos los colombianos se
levantarían a protestar hasta cuando esos alcaldes renuncien a sus cargos y se
revise el Acuerdo fallido.
La Alianza Verde y la izquierda se salieron con la suya
porque ocultaron sus intenciones y porque hay una ignorancia total entre todos
los colombianos cultos e incultos en esta campo, tal como se vio los debates
que se dieron cuando Gustavo Petro estableció unas cartillas de enfoque de
género en todos los colegios oficiales de Bogotá; cuando la ONG de la comunidad
LGBTI, Colombia diversa, con la aprobación de la ministra lesbiana Gina Parody
y el aval de las Naciones Unidas, intentaron modificar el manual de convivencia
de los colegios públicos, y cuando algunos sectores, que tampoco entendían el
asunto, se opusieron a incluir la perspectiva de género en el Acuerdo.
La principal o más citada representante del movimiento
feminista radical, Judith Butler, lesbiana y marxista como casi todas las
teóricas de ese movimiento, sentó las mejores bases de la perspectiva de género
en su libro Género en disputa, primera edición de 1990, el libro que muchos
leen y casi nadie entiende.
El principio básico de ese pensamiento lo expresa Butler así:
“Si la sexualidad se construye culturalmente dentro de las relaciones de poder
existentes, entonces la pretensión de una sexualidad normativa que esté
“antes”, “fuera” o “más allá” del poder es una imposibilidad cultural (…)”. En
términos sencillos, significa que el género o la identidad de género es
cultural, impuesta por los otros, el poder, el lenguaje, y que no puede haber
una sexualidad normativa “antes”, “fuera” o “más allá” del poder, es decir, en
la naturaleza humana, la biología, las ciencias cognitivas o la epigenética,
que establezca la heterosexualidad como obligatoria para todos.
Acabo de estudiar por segunda vez el manual usado en
Argentina para preparar a los maestros que adoctrinan a los niños y niñas,
titulado Para una didáctica con perspectiva de género, 2015, y atérrense, las
expertas seis profesoras universitarias marxistas, autoras de las ponencias, no
entienden bien de lo que se trata o lo ocultan. Ciegos guiando ciegos.
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