“Di la orden de despublicar (sic) una noticia de Univisión
sobre un supuesto pago del cartel de Sinaloa a un expresidente de Colombia”,
escribió Daniel Coronell en su cuenta de Twitter. Ese verbo “despublicar” no
existe, como tampoco el verbo “desdecir” que pudo utilizar la alcaldesa de Bogotá,
Claudia López, la semana pasada cuando debió retractarse, por enésima vez, de
una de sus calumnias contra un político.
Ambos eventos se relacionan con asuntos discutidos en esta
columna. Uno de ellos es el de las locuciones o expresiones performativas,
aquellas que se caracterizan por efectuar cambios en la realidad por el simple
hecho de pronunciarse. Explicaba la teoría de Judith Butler sobre la asignación
del género sexual al niño o niña en el momento de nacer. La expresión “es una
niña” condiciona toda la vida de esa pequeña que, en realidad, podría ser un
varón atrapado en un cuerpo de niña, por ejemplo.
Miles o tal vez millones de publicaciones en todo el mundo se
apresuraron a repetir ese escándalo que relacionaba a uno de los más grandes
narcotraficantes del mundo con el expresidente Uribe Vélez. Los militantes de
la izquierda y todos aquellos jóvenes colombianos que, según las pruebas Pisa,
no son capaces de diferenciar una opinión de un hecho, repitieron la calumnia.
La función performativa del lenguaje o de la palabra produjo el daño. Muchos
otros actuaron de mala fe porque ya sabían que la denuncia era falsa, pero se
trataba de crear confusión y hacer política de la sucia.
En otra columna traté de explicar que el marxismo ya no es
una “ciencia” materialista, como todavía creen algunos devotos fanáticos de esa
religión sin Dios; por el contrario, es una ideología fundamentada en otra
ideología que ya no busca tomar el poder por la fuerza de las guerrillas o por
la revolución de la clase obrera que en ninguna parte funcionó.
El marxismo internacional entendió que los más de 160
millones de muertos producidos por la “dictadura del proletariado” en la URSS y
en China no eran personas, sino simples construcciones mentales y que quienes
quedaron vivos tenían en su cerebro la misma ideología o estructura mental
capitalista de los muertos, es decir, que habrían tenido que asesinar a todos
los habitantes para que el marxismo hubiese triunfado.
Por eso, la revolución es cultural ahora. Se trata de cambiar
significado de las palabras, la estructura simbólica de los cerebros, para que
la gente mal informada vote por la izquierda convencida que lucha por los
derechos de las mujeres cuando lo que pretenden es destruir la heterosexualidad
y la familia, como también legalizar el aborto, la pedofilia y el incesto. La
mentira y la calumnia remplazaron los fusiles, las bombas y el narcotráfico en
la estrategia. Y se ríen de los jueces y de los calumniados cuando tienen que
“desdecir”, porque el daño está hecho.
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