Siempre se
nos había enseñado que el “uso de razón” o la consciencia de mí mismo como un
ser distinto a los otros era un resultado de la madurez del cerebro, evento que
ocurría aproximadamente a los siete años de edad. Se trataba de un proceso
natural que siempre ocurría de manera espontánea.
Sin embargo,
ese concepto era falso. Nunca nos
preguntamos por la importancia o papel de la madre, la familia y los otros
seres humanos en el despertar de esa consciencia hasta cuando empezaron a
aparecer niños que no contaron con la influencia humana en los primeros
años. Me refiero a los casos de niños
que, como en la leyenda de Tarzán, eran separados de su familia por un
accidente aéreo en la selva, por ejemplo.
Alrededor de unos 70 de estos casos han sido reportados en todo el
mundo. Son conocidos como “los niños de los lobos” porque algunos fueron
cuidados por manadas de estos animales.
Un niño adoptado
por una manada en los primeros meses de vida, cuando no había adquirido la consciencia
de sí o no se identificaba en el espejo, y era encontrado por humanos a la edad
de ocho o diez años, no hablaba, aullaba o gruñía como animal, se asustaba ante
la presencia humana, no tenía consciencia de sí; no tenía sexualidad humana, es
decir, no era atraído por un humano.
La
consciencia de mí mismo se adquiere en el contacto con los otros. Ese diálogo
amoroso con la madre o con quien cumpla su función despierta en el niño la
convicción de que él es alguien, un yo, distinto a la madre, al padre y a los
otros. El primer paso de ese despertar
es el reconocimiento en el espejo, cuando el bebé sonríe ante su imagen y
voltea a mirar a su mamá para ser ratificado en su descubrimiento. Señala con
su dedito el espejo, sonríe, mira a su madre y dice: “nene”. “Sí, es el nene de
mamá”, responde ella emocionada.
Para llegar a
ese nacimiento de la consciencia en el bebé, su cerebro usa dos registros,
conocidos como el imaginario y el simbólico.
La consciencia de mí mismo no es una función del alma como muchos podrían
pensar. El alma no existe como esa entidad que se une al embrión humano o como
una sustancia o esencia distinta al cuerpo y que se separa de él en el momento
de la muerte. En mi caso, Iván es una
imagen de mí que me devolvió mi madre con sus palabras, canciones y ternuras.
Ella fue el espejo de ese yo imaginario que el contacto con los otros ha
mantenido como si fuera algo distinto a mi cuerpo.
Cuando
dejamos de ser, desaparece una idea, mi yo imaginario, y mi cerebro deja de
funcionar. En realidad, nunca morimos porque somos una idea.(Continuará)
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