jueves, 21 de septiembre de 2017

EL EFECTO DAMASCO O LA PARANOIA DE CLAUDIA




Se ha llamado “el efecto Damasco” porque uno de los casos más conocidos entre nosotros le ocurrió a san Pablo cuando se dirigía a la ciudad de Damasco. Pablo fue enceguecido por una luz del cielo, cayó del caballo y escuchó una voz misteriosa: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”  Y aquí está la base del asunto: hay personas que sufren una crisis positiva o negativa, se creen especiales, con una misión, no siempre atribuida a los dioses, y se postulan redentores llamados a acabar con el mal o la corrupción.

Entre los personajes que sufrieron esta crisis de personalidad, el historiador Arnold J. Toynbee incluye a Jesucristo, Mahoma, Buda, Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Lutero y muchos otros. En Colombia hemos visto afectados como Ingrid Betancourt que se fue a estudiar teología después de su largo secuestro; el despreciable violador y asesino de más de 180 niños, dedicado en la cárcel a predicar el evangelio; también la agresiva Claudia López que, como todos los neófitos en este campo, cree tener la gran solución a la corrupción que solo los dioses revelan y que ninguna universidad conoce.

Como ya lo expliqué en nota anterior, el efecto Damasco se llama también el retiro-retorno, porque sucede cuando la persona pasa por un estado de aislamiento en la cárcel, retiros espirituales, secuestro, hospitalización larga, etc.  Parece que también sucede cuando el afectado, un donnadie, llega a ocupar un cargo importante y empieza a delirar o creerse especial, distinto a todo el resto de los mortales. Pensemos en Carlos Marx y en Adolfo Hitler. El primero, muerto de hambre y aislado mientras escribía El capital; el segundo, en la cárcel redactando Mi lucha.

Con el apoyo de la tercera parte de su partido, y rechazada por el 46 por ciento del mismo, Claudia López delira frente a una cámara y está segura de que el día de las elecciones, el día de la epifanía del Señor, esta vez gay, los millones de colombianos que vendían su voto por un tamal, y los “Ñoños” que lo compraban, correrán, santificados, a votar por ella. Su paranoia le impide ver que los políticos son el reflejo de su clientela; que no puede haber una política limpia con un pueblo tan inmoral.  

Un cristiano nunca votará por la ideología de género, como los exguerrilleros de la Alianza Verde no lo harán por Claudia, crítica de Maduro. Además, La extrema izquierda y las guerrillas siempre ha sido homofóbicas desde Stalin hasta alias Tirofijo. De nada le servirá el oportunismo de Fajardo y Robledo. El uno, indeciso, monotemático sin programa de gobierno y que no ha leído los acuerdos de paz; el otro, con su anacrónico maoísmo.

Con razón se ha dicho que la moral es el discurso de los políticos novatos; la ética es la enfermedad infantil de la política.

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