Si la consciencia
de mí mismo o mi condición de sujeto, persona o yo no es el resultado de la
evolución natural del cerebro, sino que tiene que ir acompañado de la presencia
de los otros, en particular de la madre o de quien cumple su función, miremos
ahora cómo se produce este evento.
La madre que
ama o desea a su hijo logrará que en él se despierte la consciencia y sea una
persona normal. En otros términos, para ser persona o para ser o para darse
cuenta de que existe, el bebé lo logra a través del deseo de la madre y esto,
en último término, hace la diferencia con los animales. Para existir como persona necesitamos ser
deseados por otra. Yo deseo ser deseado
por otro como condición para existir como ser humano. Esa es la clave de la
condición humana.
Ese
maravilloso momento de ingreso al mundo de los otros, de poder comunicarnos y
ser comprendido por ellos, conocido también como el ingreso al mundo simbólico
o del lenguaje, es la experiencia más satisfactoria que vive todo niño con sus
padres y marcará su vida amorosa futura, su relación con los otros, con Dios y
con la muerte.
Saber que
existo significa, también, que puedo no estar, desaparecer o morir. De allí que
el niño establece una relación entre existir y ser objeto del deseo de otro.
“No puedo vivir sin ti”, dirá más tarde a la persona que ama porque fue el
deseo de otro, de la madre, la que no solo le dio un cuerpo sino también la
fantasía de ser una persona. Digamos, de paso, que en este fenómeno se puede
hallar el origen de la creencia en el alma, una de las ideas más importantes en
la historia de la cultura, como si fuera algo distinto a nuestro cuerpo, aunque
no es más que algo imaginario.
Ese yo
imaginario se acomoda al instinto de conservación inscrito en los genes y
rechaza la posibilidad de dejar de ser o de morir. Por eso inventa otras personas o espíritus que
le reconocerán después de la muerte y lo desearán. Para sobrevivir después de
la muerte, un Dios personal me estará esperando. He ahí la explicación de la
función religiosa del cerebro y de que todas las religiones consideraran
inicialmente a sus dioses como personas.
Por eso, Cornelius Castoriadis decía que el peor error del cristianismo
es creer que podemos amar a Dios. Y por eso también desde el siglo VI antes de
cristo algunos filósofos griegos criticaban la imagen humanoide que las religiones
atribuían a los dioses, crítica que se revivió en Europa en la época Romántica
y que llevó a muchos al panteísmo (Dios es todo) o al ateísmo.
La tragedia
de la soledad es la sensación de no ser deseado por otro. Es la muerte.
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