Para resolver
sus problemas poblacionales la sociedad siempre ha recurrido al genocidio.
Primero ensayó el infanticidio cuando el Estado necesitaba soldados fuertes,
tal como pasó en Esparta; en otras culturas las mujeres eran un problema y eran
asesinadas al momento de nacer. Después
recurrimos al infanticidio diferido, es decir, a la masacre de los jóvenes a
través de las guerras, como una táctica inconsciente de los pueblos cuando
había demasiados muchachos buscando trabajo. En la misma forma usamos el
aborto, porque es más fácil y produce menos remordimiento matar al que todavía
no ha nacido. Y claro, el trabajo del obrero en malas condiciones sanitarias también
ha sido un infanticidio diferido.
En la época
actual el problema es el exceso de viejos que estorban, congestionan los
servicios de salud, no viven el frenesí de los jóvenes y nada aportan. Cuando la ideología es “el jovenismo”, “la
petrificación de la vida en una eterna adolescencia o en una eterna inmadurez”,
se debe pensar en la metodología para eliminar a quienes no pertenecen a la
nueva raza de los muchachos. La sociedad
de consumo convirtió la juventud en una mercancía que se vende en los gimnasios,
en el consultorio médico que rejuvenece y en los medios que entretienen. En
mayo del 68 se inició la gran revolución de los jóvenes cuya tragedia ya se
anuncia en todas partes.
Los párrafos
anteriores intentan resumir el último libro del filósofo francés Robert
Redeker, titulado Bienaventurada vejez, que se presenta como la continuación de
otro ya reseñado en mis notas de prensa, Egobody
o Yo-cuerpo. Egobody es el hombre
sin alma, sin espíritu, sin fe en Dios y sin esperanza que trata de huir de la
muerte, se cree eterno y desprecia su pasado como el futuro. “El viejo es lo contrario a egobody, el nuevo hombre proletario”.
El viejo
solamente es útil cuando tiene dinero o una pensión de la que viven tres o
cuatro zánganos. Por eso lo mantienen
vivo en una pieza oscura mientras se muere.
Es el sueño de Hitler: matar a los viejos por aburrimiento. Todos los días se aprueban nuevas causales de
eutanasia, eufemismo usado para camuflar el gerontocidio. Si solo hay una
camilla en la unidad de cuidado intensivo, se prioriza al joven sobre el viejo
desechable.
Asistimos a
la era de lo efímero, de lo desechable, de la obsolescencia programada. Es la
época de la inmortalidad prometida por los cirujanos, la prótesis o el cuerpo
cibernético. El terror a la muerte es
remplazado por la ilusión de la inmortalidad. Los jóvenes creen tener cuerpos
gloriosos. El miedo a la muerte también se revela en el lenguaje pues la gente
ya no muere, sino que “se va”, “nos abandona”.
“En la
actualidad, el entretenimiento juega el papel tradicionalmente atribuido a la
religión y la educación, y las ha remplazado”
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