viernes, 1 de septiembre de 2017

MATAR A LOS VIEJOS



Para resolver sus problemas poblacionales la sociedad siempre ha recurrido al genocidio. Primero ensayó el infanticidio cuando el Estado necesitaba soldados fuertes, tal como pasó en Esparta; en otras culturas las mujeres eran un problema y eran asesinadas al momento de nacer.  Después recurrimos al infanticidio diferido, es decir, a la masacre de los jóvenes a través de las guerras, como una táctica inconsciente de los pueblos cuando había demasiados muchachos buscando trabajo. En la misma forma usamos el aborto, porque es más fácil y produce menos remordimiento matar al que todavía no ha nacido. Y claro, el trabajo del obrero en malas condiciones sanitarias también ha sido un infanticidio diferido.

En la época actual el problema es el exceso de viejos que estorban, congestionan los servicios de salud, no viven el frenesí de los jóvenes y nada aportan.  Cuando la ideología es “el jovenismo”, “la petrificación de la vida en una eterna adolescencia o en una eterna inmadurez”, se debe pensar en la metodología para eliminar a quienes no pertenecen a la nueva raza de los muchachos.  La sociedad de consumo convirtió la juventud en una mercancía que se vende en los gimnasios, en el consultorio médico que rejuvenece y en los medios que entretienen. En mayo del 68 se inició la gran revolución de los jóvenes cuya tragedia ya se anuncia en todas partes.

Los párrafos anteriores intentan resumir el último libro del filósofo francés Robert Redeker, titulado Bienaventurada vejez, que se presenta como la continuación de otro ya reseñado en mis notas de prensa, Egobody o Yo-cuerpo. Egobody es el hombre sin alma, sin espíritu, sin fe en Dios y sin esperanza que trata de huir de la muerte, se cree eterno y desprecia su pasado como el futuro.  “El viejo es lo contrario a egobody, el nuevo hombre proletario”.

El viejo solamente es útil cuando tiene dinero o una pensión de la que viven tres o cuatro zánganos.  Por eso lo mantienen vivo en una pieza oscura mientras se muere.  Es el sueño de Hitler: matar a los viejos por aburrimiento.  Todos los días se aprueban nuevas causales de eutanasia, eufemismo usado para camuflar el gerontocidio. Si solo hay una camilla en la unidad de cuidado intensivo, se prioriza al joven sobre el viejo desechable.

Asistimos a la era de lo efímero, de lo desechable, de la obsolescencia programada. Es la época de la inmortalidad prometida por los cirujanos, la prótesis o el cuerpo cibernético.  El terror a la muerte es remplazado por la ilusión de la inmortalidad. Los jóvenes creen tener cuerpos gloriosos. El miedo a la muerte también se revela en el lenguaje pues la gente ya no muere, sino que “se va”, “nos abandona”.

“En la actualidad, el entretenimiento juega el papel tradicionalmente atribuido a la religión y la educación, y las ha remplazado”


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