No es
problema solo de nuestro país; todo el mundo viene discutiendo en los últimos
años la importancia o pertinencia de las humanidades, en particular de la
filosofía, en el programa educativo. “Eso no sirve para nada”, dicen algunos y
agregan: “es mejor remplazar esas ‘costuras’ o esa basura por materias
prácticas que contribuyan a la economía, a la productividad, al billete”. Mientras se define el asunto, propongo una
reflexión sobre uno de los temas que no solo ocupa a científicos, como el
neurólogo colombiano Rodolfo Llinás, sino también a muchos amigos de la
sabiduría.
Cuando mi
generación asistía el colegio, la cátedra de filosofía se centraba en estudiar
a los primeros pensadores griegos, como Platón, Sócrates y Aristóteles, que
vivieron entre los siglos V y IV antes de Cristo y que inspiraron a padres de
la Iglesia como Agustín, en el siglo V de nuestra era, y a santo Tomás, en el XIII. Ya que la iglesia católica adoptó ese
pensamiento antiguo como la mejor forma de expresar sus dogmas, nos vimos
obligados a conocer ese pensamiento precientífico gracias a un pacto o
concordato firmado entre Colombia y el Vaticano que entregaba al clero la
función de educarnos. Nuestros presidentes acostumbran firmar acuerdos
contrarios a los intereses de la nación.
Nos
condenaron a ignorar la evolución del pensamiento universal, como convenía a
los intereses de la alta burguesía y al clero, hasta cuando llegaron los
comunistas después del año 1959 y se tomaron las universidades públicas y los
sindicatos de los maestros. Por eso no
sabemos nada de filosofía contemporánea. Y también por eso muchos ciudadanos se
asustan cuando en columnas como esta encuentran discusiones tan extrañas como
el mito o la creencia en la existencia del yo o del sujeto, tema difícil que
sin duda nos mete en una de los logros más importantes de la humanidad y que,
cuando se profundiza, nos cambia completamente el esquema mental.
Los hebreos o
judíos no conocían el concepto de alma y por eso ellos no se imaginaban que
pudiera haber otra vida sin Uribe y sin Juan Manuel Santos. Ese concepto lo
aprendieron cuando en el siglo V estuvieron en contacto con los persas y la
religión zoroastriana, con sus mitos de un juicio universal y la inmortalidad
del alma. De las religiones mistéricas griegas
también aprendieron el mito de la reencarnación del alma y que lleva hoy a
muchos a ver en su mascota al abuelo reencarnado. De los tres principios que nos constituían –psique,
alma y cuerpo— el cristianismo se quedó con dos, alma y cuerpo, en tanto que la
ciencia y la filosofía de hoy aceptan que solo hay cuerpo, y que el alma, la
persona, el yo o la conciencia de mí mismo es una elaboración imaginaria apoyada
en los otros y ratificada en el imaginario Gran Otro, Dios. (Continuará)
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