miércoles, 7 de junio de 2017

FILOSOFANDO




No es problema solo de nuestro país; todo el mundo viene discutiendo en los últimos años la importancia o pertinencia de las humanidades, en particular de la filosofía, en el programa educativo. “Eso no sirve para nada”, dicen algunos y agregan: “es mejor remplazar esas ‘costuras’ o esa basura por materias prácticas que contribuyan a la economía, a la productividad, al billete”.  Mientras se define el asunto, propongo una reflexión sobre uno de los temas que no solo ocupa a científicos, como el neurólogo colombiano Rodolfo Llinás, sino también a muchos amigos de la sabiduría.

Cuando mi generación asistía el colegio, la cátedra de filosofía se centraba en estudiar a los primeros pensadores griegos, como Platón, Sócrates y Aristóteles, que vivieron entre los siglos V y IV antes de Cristo y que inspiraron a padres de la Iglesia como Agustín, en el siglo V de nuestra era, y a santo Tomás, en el XIII.  Ya que la iglesia católica adoptó ese pensamiento antiguo como la mejor forma de expresar sus dogmas, nos vimos obligados a conocer ese pensamiento precientífico gracias a un pacto o concordato firmado entre Colombia y el Vaticano que entregaba al clero la función de educarnos. Nuestros presidentes acostumbran firmar acuerdos contrarios a los intereses de la nación. 

Nos condenaron a ignorar la evolución del pensamiento universal, como convenía a los intereses de la alta burguesía y al clero, hasta cuando llegaron los comunistas después del año 1959 y se tomaron las universidades públicas y los sindicatos de los maestros.  Por eso no sabemos nada de filosofía contemporánea. Y también por eso muchos ciudadanos se asustan cuando en columnas como esta encuentran discusiones tan extrañas como el mito o la creencia en la existencia del yo o del sujeto, tema difícil que sin duda nos mete en una de los logros más importantes de la humanidad y que, cuando se profundiza, nos cambia completamente el esquema mental.

Los hebreos o judíos no conocían el concepto de alma y por eso ellos no se imaginaban que pudiera haber otra vida sin Uribe y sin Juan Manuel Santos. Ese concepto lo aprendieron cuando en el siglo V estuvieron en contacto con los persas y la religión zoroastriana, con sus mitos de un juicio universal y la inmortalidad del alma.  De las religiones mistéricas griegas también aprendieron el mito de la reencarnación del alma y que lleva hoy a muchos a ver en su mascota al abuelo reencarnado.  De los tres principios que nos constituían –psique, alma y cuerpo— el cristianismo se quedó con dos, alma y cuerpo, en tanto que la ciencia y la filosofía de hoy aceptan que solo hay cuerpo, y que el alma, la persona, el yo o la conciencia de mí mismo es una elaboración imaginaria apoyada en los otros y ratificada en el imaginario Gran Otro, Dios. (Continuará)

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