viernes, 9 de junio de 2017

HISTORIA DE LA VAGINA



Son muchas las teorías inventadas por los sabios para explicar el curso de la historia, como si este cuento nuestro realmente tuviese un sentido.  Para los creyentes, participamos en un plan ineludible de Dios; los mamertos juran que la materia, es decir, el juego de las fuerzas productivas o la economía, nos lleva a una sociedad feliz; el israelí Yuval Noah Harari piensa que cuando un líder o un grupo logra convencer a un número importante de ciudadanos de un cuento o una ideología, se producirán los cambios que hacen la historia.

Insisto: en todas estas explicaciones debe incluirse las peripecias del catre como determinantes del destino de millones de seres humanos.  Si conociéramos la historia de los ‘cuernos’ que nuestros presidentes ponen o reciben, o los gustos homosexuales de otros líderes políticos, podríamos entender la razón de algunos nombramientos o de ciertos contratos multimillonarios pagados con nuestros impuestos. Un magistrado del Consejo de Estado manipula la elección de su novia en la Corte Constitucional y con ello, con ese voto, determina el éxito de los acuerdos de paz. Freud sabía más de historia que el mismo Marx. 

Para no citar ejemplos actuales y evitar que me demanden por injuria y calumnia, pretendo mostrar la forma como el sexo fue definitivo en el fracaso de la monarquía.  Para ello me remito al ejemplo conocido por todos de las habilidades amatorias del rey Juan Carlos de España y quien acaba de entregar la corona a su hijo recatado, casado con una plebeya, Felipe VI.  Los Borbones mandan en España exactamente desde el año 1700, en tanto que en Francia habían comenzado a tirar un poco antes del 1600, con Enrique de Navarra, mejor conocido como Enrique IV.

Los genes de estos campeones del catre residían en las células de los reyes de Francia anteriores a la revolución de 1789.  Cualquier historiador podría rechazar mi tesis recordando que cuando el Delfín Luis Augusto contrajo matrimonio con María Antonieta de Austria, el día siguiente de la ceremonia del “acostamiento” escribió en su diario: “Nada”.  Y así pasaron siete años hasta cuando el muchacho, siendo ya el rey, fue operado de su fimosis.

De todos modos, los historiadores no han podido determinar si la Revolución fu iniciada por la ineficiencia del rey o por el odio que tenían a la austríaca, también conocida en los panfletos de entonces como Madame Déficit por sus derroches y gustos extravagantes mientras el pueblo moría de hambre.  Como Luis XVI era más bien recatado, el pueblo inventó mil chismes para presentar a la reina como puta, lesbiana e incestuosa. Este último cargo, injustificado como todos y aparecido en un libro escrito por una enemiga de la reina, fue determinante en el juicio que la llevó a la guillotina.

Que a nadie se le ocurra llamar “el señor déficit” a nuestro Presidente. Los chismes también cortan cabezas.

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