Son muchas
las teorías inventadas por los sabios para explicar el curso de la historia,
como si este cuento nuestro realmente tuviese un sentido. Para los creyentes, participamos en un plan
ineludible de Dios; los mamertos juran que la materia, es decir, el juego de las
fuerzas productivas o la economía, nos lleva a una sociedad feliz; el israelí
Yuval Noah Harari piensa que cuando un líder o un grupo logra convencer a un
número importante de ciudadanos de un cuento o una ideología, se producirán los
cambios que hacen la historia.
Insisto: en
todas estas explicaciones debe incluirse las peripecias del catre como
determinantes del destino de millones de seres humanos. Si conociéramos la historia de los ‘cuernos’
que nuestros presidentes ponen o reciben, o los gustos homosexuales de otros
líderes políticos, podríamos entender la razón de algunos nombramientos o de
ciertos contratos multimillonarios pagados con nuestros impuestos. Un
magistrado del Consejo de Estado manipula la elección de su novia en la Corte
Constitucional y con ello, con ese voto, determina el éxito de los acuerdos de
paz. Freud sabía más de historia que el mismo Marx.
Para no citar
ejemplos actuales y evitar que me demanden por injuria y calumnia, pretendo
mostrar la forma como el sexo fue definitivo en el fracaso de la
monarquía. Para ello me remito al
ejemplo conocido por todos de las habilidades amatorias del rey Juan Carlos de
España y quien acaba de entregar la corona a su hijo recatado, casado con una
plebeya, Felipe VI. Los Borbones mandan
en España exactamente desde el año 1700, en tanto que en Francia habían
comenzado a tirar un poco antes del 1600, con Enrique de Navarra, mejor
conocido como Enrique IV.
Los genes de
estos campeones del catre residían en las células de los reyes de Francia
anteriores a la revolución de 1789.
Cualquier historiador podría rechazar mi tesis recordando que cuando el
Delfín Luis Augusto contrajo matrimonio con María Antonieta de Austria, el día
siguiente de la ceremonia del “acostamiento” escribió en su diario: “Nada”. Y así pasaron siete años hasta cuando el
muchacho, siendo ya el rey, fue operado de su fimosis.
De todos
modos, los historiadores no han podido determinar si la Revolución fu iniciada
por la ineficiencia del rey o por el odio que tenían a la austríaca, también
conocida en los panfletos de entonces como Madame Déficit por sus derroches y
gustos extravagantes mientras el pueblo moría de hambre. Como Luis XVI era más bien recatado, el
pueblo inventó mil chismes para presentar a la reina como puta, lesbiana e
incestuosa. Este último cargo, injustificado como todos y aparecido en un libro
escrito por una enemiga de la reina, fue determinante en el juicio que la llevó
a la guillotina.
Que a nadie
se le ocurra llamar “el señor déficit” a nuestro Presidente. Los chismes
también cortan cabezas.
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