Matar al padre
Si bien la Arqueología contemporánea ha mostrado con
suficientes evidencias que los soportes de la reflexión de Sigmund Freud en su
texto Moisés y la religión monoteísta han perdido toda validez, no deja de
suscitar mucho interés su metáfora del padre aplicado al nacimiento de las
religiones. Recordemos que en la mitología
freudiana los machos de la horda primitiva debieron matar al padre para poder
acceder a las mujeres. El supuesto
asesinato de Moisés revive en el inconsciente del pueblo judío aquel primer
pecado y da origen a su religión, en tanto que los sacrificios de animales
serían el ritual para exorcizar la culpa. Del asesinato de Moisés surgiría el mito del
mesías. Padre, líder y dios serían las
metáforas intercambiables para el psicoanálisis.
Como probablemente Freud no había leído a Hegel, sostuvo
que el cristianismo es un retroceso con relación al judaísmo pero que también es
expresión del retorno de lo reprimido: “(…) la resurrección de Cristo tiene una
parte de verdad histórica, pues él era, en efecto, Moisés resucitado, y tras
este, el protopadre de la horda primitiva, que había vuelto en transfiguración
para ocupar, como hijo, el lugar del padre.”
No deja de ser muy curioso, como lo han expresado algunos teólogos, que
el evangelio de Mateo intenta correlacionar a Jesús con Moisés, pues mientras
este fue víctima de la persecución del faraón, aquel lo fue de Herodes, además
de otras analogías.
Aunque los estudiosos modernos del fenómeno religioso
le critican a Freud su reduccionismo o simplificación, nadie puede negar que
las experiencias infantiles modulan en alguna forma nuestra vivencia religiosa,
como sin duda también la manera de relacionarnos con el poder político. Padre, Dios y Estado imponen reglas que nos
generan “malestar en la cultura”. El
joven puede optar por aceptarlas o, también, por enfrentarlas toda su vida en
un movimiento contracultural ya sea artístico, religioso, revolucionario o
ateo. Al fin de cuentas, política es el
nombre moderno de la religión, con sus mitos, rituales y promesas nunca
cumplidas.
Basado en las elucubraciones freudianas pronostiqué,
cuando César Gaviria Trujillo estaba muy atrás en las encuestas, que él sería
el presidente de Colombia. El asesinato
de Galán nos removió el sentimiento de culpa por haber alguna vez odiado al
padre (líder) y la mejor forma de reivindicarnos consistía en votar por su
remplazo o avatar. De la misma forma,
estoy convencido de que en la relación de los colombianos con el expresidente
Uribe se mueven muchos fantasmas inconscientes que un buen psicoanalista podría
desvelar. Uribe ha sido un líder
excepcional a pesar de los errores en que pudo haber incurrido en sus dos
mandatos. Mientras para unos es la
proyección del padre odiado que debe cargar con todos los males de la República
y morir como chivo expiatorio por nuestros pecados o conflictos, para otros es
el salvador o el mesías prometido.
Las dos grandes democracias de Europa, Inglaterra y
Francia, se fundaron sobre el cadáver de sus respectivos reyes.
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