No puedo estar en el mismo bando de quienes defienden
uno acuerdos de paz con las guerrillas de las FARC cuyo contenido se desconoce
en su totalidad y apenas hemos sido informados de la claudicación absoluta del
Gobierno pusilánime y de que no consta contraprestación alguna de los
terroristas.
No puedo compartir la ideología de un grupo de
muchachos que atemorizaron al pueblo camboyano, humillaron a quienes no
pensaban como ellos y masacraron a toda una comunidad, como tampoco puedo aceptar las doctrinas que
provocaron, hace apenas cincuenta años, la revolución cultural de Mao Zedong,
proceso demencial que avergüenza a la humanidad, como los campos de
concentración soviéticos, nazis y guerrilleros.
No puedo sentarme en misma mesa con quienes desprecian
los avances de nuestra débil democracia en función de una doctrina que se inspira
en el odio de clases, la sospecha, la conspiración y la paranoia. En un mundo tan complejo, una ideología
absolutamente indefinida, disfrazada de ciencia y buena voluntad, sometida al
capricho de cada uno de sus seguidores, no puede ser la solución, especialmente
cuando se ufana, con desconcertante candidez, de ignorar la ciencia, la
historia y los mejores logros del espíritu humano.
No puedo pertenecer a la camarilla de quienes tienen
una justificación o guardan silencio
ante las hambrunas soviéticas y de muchos otros territorios que mataron y
siguen matando a millones de seres humanos con unos planes económicos
improvisados, sin soporte técnico y con la absurda pretensión de que algún día,
después de mil fracasos, se encontrará la interpretación correcta que nos
llevará a la utopía.
No puedo aceptar una ideología de adolescentes que
tolera como normal o necesario el reclutamiento de niños, la prostitución de
las mujeres, el terrorismo como estrategia legítima y la improvisación como
regla. No puedo incluirme entre los
resentidos, los acomplejados, los que no han podido llegar a la madurez y hacen
de la ignorancia una virtud.