sábado, 13 de febrero de 2016

El bien y el mal



En la era moderna han desaparecido las fronteras entre el bien y el mal.  Debe ser por eso que algunos filósofos, incapaces de definir el mal, optaron señalar su existencia: el mal es.   Curiosamente es la misma conclusión a la que llegaron los redactaron la Biblia con relación a Dios.  “Yo soy el que soy”, respondió Yahvé a Moisés o, mejor, la expresión hebrea “Yahvé” significa eso: El que es.   Dios y demonio son aunque ambos son inefables o indescriptibles.  Esta es la razón para que algunas religiones no tengan teología ni demonología.

La mejor prueba de que no hay forma de diferenciar el bien y el mal reside en la capacidad de todo ser humano de convertirse en uno u otro: en ángel o demonio, “paraco” o guerrillero, sacerdote o revolucionario, virgen o prostituta, mártir o traidor,  fundamentalista o hereje, magistrado o delincuente, ingenuo o monstruo…  El problema humano no radica en el mal mismo, sino en la capacidad que tenemos para convertirnos en perversos o para pasar de víctimas a verdugos.   Nadie es inocente.  Nadie es culpable.

Si el Bien y el Mal son, el hombre no  es.  O mejor, el hombre es posibilidad de ser uno u otro.  De allí que resulta incoherente definir al hombre como bueno o malo.  El ser humano no es bueno, como proponía J. Rousseau, ni perverso, como creía Freud: es ambas cosas a la vez.  Tampoco es coherente señalar a un individuo como bueno o malo: es ambas cosas a la vez.  Si para Cornelius Castoriadis el error del cristianismo es creer que podemos amar a Dios, en mi opinión modesta su falla principal consiste en creer que Dios puede distinguir entre buenos y malos.  Si no somos iguales, vana es nuestra fe en la Democracia.

 El concepto de “crimen” es una convención asumida por el ordenamiento jurídico a imitación del “pecado” en las religiones, pero no es un concepto objetivo:  es simplemente una marca o etiqueta que un juez aplica en la frente de unos pocos violadores de las normas penales en el escenario mentiroso de la Justicia.  La criminalidad no es de la esencia de unas personas.  La mayoría de nosotros hemos sido, somos o seremos criminales que escapamos a la mirada de un juez.   Si los crímenes impunes superan el 90 por ciento, con gran ingenuidad pensamos que Dios no se va a equivocar; pero, claro, siempre nos incluimos a la lista de los buenos…






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