En la era moderna han desaparecido las fronteras entre
el bien y el mal. Debe ser por eso que
algunos filósofos, incapaces de definir el mal, optaron señalar su existencia:
el mal es. Curiosamente es la misma
conclusión a la que llegaron los redactaron la Biblia con relación a Dios. “Yo soy el que soy”, respondió Yahvé a Moisés
o, mejor, la expresión hebrea “Yahvé”
significa eso: El que es. Dios y
demonio son aunque ambos son inefables o indescriptibles. Esta es la razón para que algunas religiones
no tengan teología ni demonología.
La mejor prueba de que no hay forma de diferenciar el
bien y el mal reside en la capacidad de todo ser humano de convertirse en uno u
otro: en ángel o demonio, “paraco” o guerrillero, sacerdote o revolucionario,
virgen o prostituta, mártir o traidor, fundamentalista o hereje, magistrado o
delincuente, ingenuo o monstruo… El
problema humano no radica en el mal mismo, sino en la capacidad que tenemos
para convertirnos en perversos o para pasar de víctimas a verdugos. Nadie
es inocente. Nadie es culpable.
Si el Bien y el Mal son, el hombre no es. O
mejor, el hombre es posibilidad de ser uno u otro. De allí que resulta incoherente definir al
hombre como bueno o malo. El ser humano
no es bueno, como proponía J. Rousseau, ni perverso, como creía Freud: es ambas
cosas a la vez. Tampoco es coherente
señalar a un individuo como bueno o malo: es ambas cosas a la vez. Si para Cornelius Castoriadis el error del
cristianismo es creer que podemos amar a Dios, en mi opinión modesta su falla
principal consiste en creer que Dios puede distinguir entre buenos y
malos. Si no somos iguales, vana es
nuestra fe en la Democracia.
El concepto de
“crimen” es una convención asumida por el ordenamiento jurídico a imitación del
“pecado” en las religiones, pero no es un concepto objetivo: es simplemente una marca o etiqueta que un
juez aplica en la frente de unos pocos violadores de las normas penales en el
escenario mentiroso de la Justicia. La
criminalidad no es de la esencia de unas personas. La mayoría de nosotros hemos sido, somos o
seremos criminales que escapamos a la mirada de un juez. Si los crímenes impunes superan el 90 por
ciento, con gran ingenuidad pensamos que Dios no se va a equivocar; pero,
claro, siempre nos incluimos a la lista de los buenos…
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