Estanislao
Zuleta dijo en su libro Introducción al psicoanálisis que una madre
“científica” era mala madre. Es la madre que no le habla ni canta al niño
recién nacido porque no entiende. En cambio, una buena madre tiene que ser un
poco loca. Le canta y le habla todo el día, entabla conversaciones con el
pequeño y ella misma se responde; delira, baila, grita y ríe como haciéndole
una presentación. Su felicidad es plena cuando el niño se contorsiona, agita
brazos y piernas y lanza sonidos guturales como si estuviese ansioso de
expresar sus emociones y aplausos.
Ese abrazo o
fusión de la madre con el niño permanecerá grabado en el inconsciente como el
mundo imposible sin fisuras o sin contradicciones del reino de Dios de los
cristianos o la paz total del fraude petrista.
En los
primeros años de vida el crío humano es un animalito prematuro. Es tan animal
como en el vientre de la madre. Hacia los cuatro años se humaniza, aprende a
hablar y, como Adán y Eva, es “expulsado” del Paraíso para que no regrese a su
condición animal y, como el primer hombre, descienda de los árboles y empiece a
caminar erecto.
Tendrá
consciencia de sí, aprenderá lo que es el otro en su identificación con la
madre como si le dijera: “mamá, ese que tú ves y le has cantado, mimado y
cuidado soy yo y por ti comprenderé, respetaré y amaré a los otros”. “La
apropiación del otro (madre) es constitutiva de la formación y la identidad”,
dice Byung-Chul Han, y agrega: “”no solo el sujeto de la apropiación, sino
también el otro apropiado se transforman”.
El mundo
simbólico al que ingresa el bebé con el arrullo tierno de la madre es un espacio
fiable, el hogar. Es también el ingreso al tiempo, marcado por el horario de
los teteros, baños y sueño, promesas de los rituales que marcarán su vida y la
llenarán de sentido: el ingreso a la escuela, los sacramentos religiosos, los
quince años, la universidad, el matrimonio y la ineludible muerte.
La
familiaridad o apropiación de las cosas colabora al proceso identificatorio del
niño consigo mismo y por eso llorará en el consultorio del médico o cuando lo
lleven a conocer la casa de la abuela. La psicoanalista Elizabeth Roudinesco resume
muy bien la trascendencia del encuentro del niño con la madre: “Cada ser humano
desea ser amado por otro como lo ha sido por su madre. O en su defecto, como
habría deseado serlo”.
Pero
precisamente cuando el niño empieza a humanizarse, cuando aprende de su madre
el sentido o significado humano del “otro”, le entregamos una tableta o un
celular para que regrese a su condición animal, al paraíso, a la “positividad”
absoluta, como la llama Byung-Chul Han. Todo lo bueno y hermoso que recibió de
mamá se podrá perder por el entretenimiento, la alienación y la desaparición
del otro en las redes y juegos virtuales.
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