martes, 8 de noviembre de 2022

La mala fe de la paz total

 

El viejo marxismo del siglo XIX prometía una sociedad sin clases y, por tanto, desaparecerían las luchas entre el capital y el trabajo, entre explotados y explotadores. Sin ese antagonismo el Estado no sería necesario. La nueva izquierda cambió su discurso y no habla de clases sino de identidades y hegemonías, pero mantiene el mito de la sociedad sin clases o la “paz total”.

Para comprender el engaño implícito en el proyecto de la paz total es necesario conocer muy bien la evolución de la izquierda en los últimos 32 años, desde la primera reunión del Foro de Sao Paulo, dirigida por Fidel Castro y Luiz Inácio Lula da Silva. Conceptos como sobredeterminación, hegemonía, posiciones de sujeto e identidad nos permiten dilucidar la trampa. Esta teoría se encuentra en los textos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Ellos consideran que la paz total es imposible.

Sobredeterminación significa que nuestra conducta tiene muchos determinantes. A diferencia de las cosas que tienen una causalidad definida, las relaciones humanas se dan un mundo simbólico, de palabras, mitos, imaginarios y genes en los que no es posible definir culpables o inocentes, buenos y malos. Es un mundo de negatividades o de antagonismos, como lo llama Byung-Chul Han, y acabar con los antagonismos es suprimir la condición humana.

Si hay delincuencia, se debe a que se dan los determinantes que la favorecen; no es una decisión personal ser asesino. Por eso, por cada delincuente que firme la paz total con el Gobierno hay miles de colombianos y extranjeros dispuestos a sustituirlo en las organizaciones criminales. “Si te vas a convertir en un criminal, la inteligencia artificial ya lo sabe”; no es una decisión tuya.

Hegemonía se puede definir como la dominación por consenso. La paz total es un intento malicioso de la izquierda por extender su hegemonía sobre indígenas, campesinos, feministas radicales, ecologistas y la Primera Línea a toda la sociedad por medio de una dictadura. Pero eso no implica que desaparecerán los antagonismos y la violencia.

En la mentira de la paz total no habría identidades, es decir, no habría cristianos y ateos, negros y blancos, heterosexuales (todos seremos transgéneros o de género no binario), patronos y obreros, colombianos y extranjeros. Si desaparecieran los antagonismos, no necesitaríamos el Estado que dirima nuestros conflictos. Así lo expresó la epístola a los Gálatas 3: 28 de Pablo: “Ya no hay judío ni griego, no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Es el cielo en la tierra.

Sin embargo, como decía Antonio Gramsci, “La progresividad de las hegemonías no aparece garantizada de antemano”. Las identidades de sujeto que la izquierda dio a sus hegemonizados se rompen fácilmente. Eso fue lo que sucedió en Chile con la reacción de los indios mapuche contra la izquierda y el rechazo de la nueva Constitución.

Solo los ingenuos o mal informados creen en la paz total.

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