El viejo
marxismo del siglo XIX prometía una sociedad sin clases y, por tanto, desaparecerían
las luchas entre el capital y el trabajo, entre explotados y explotadores. Sin
ese antagonismo el Estado no sería necesario. La nueva izquierda cambió su
discurso y no habla de clases sino de identidades y hegemonías, pero mantiene
el mito de la sociedad sin clases o la “paz total”.
Para
comprender el engaño implícito en el proyecto de la paz total es necesario
conocer muy bien la evolución de la izquierda en los últimos 32 años, desde la
primera reunión del Foro de Sao Paulo, dirigida por Fidel Castro y Luiz Inácio
Lula da Silva. Conceptos como sobredeterminación, hegemonía, posiciones de
sujeto e identidad nos permiten dilucidar la trampa. Esta teoría se encuentra
en los textos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Ellos consideran que la paz total
es imposible.
Sobredeterminación
significa que nuestra conducta tiene muchos determinantes. A diferencia de las
cosas que tienen una causalidad definida, las relaciones humanas se dan un
mundo simbólico, de palabras, mitos, imaginarios y genes en los que no es
posible definir culpables o inocentes, buenos y malos. Es un mundo de
negatividades o de antagonismos, como lo llama Byung-Chul Han, y acabar con los
antagonismos es suprimir la condición humana.
Si hay
delincuencia, se debe a que se dan los determinantes que la favorecen; no es
una decisión personal ser asesino. Por eso, por cada delincuente que firme la
paz total con el Gobierno hay miles de colombianos y extranjeros dispuestos a sustituirlo
en las organizaciones criminales. “Si te vas a convertir en un criminal, la
inteligencia artificial ya lo sabe”; no es una decisión tuya.
Hegemonía se
puede definir como la dominación por consenso. La paz total es un intento
malicioso de la izquierda por extender su hegemonía sobre indígenas,
campesinos, feministas radicales, ecologistas y la Primera Línea a toda la sociedad
por medio de una dictadura. Pero eso no implica que desaparecerán los
antagonismos y la violencia.
En la mentira
de la paz total no habría identidades, es decir, no habría cristianos y ateos,
negros y blancos, heterosexuales (todos seremos transgéneros o de género no
binario), patronos y obreros, colombianos y extranjeros. Si desaparecieran los
antagonismos, no necesitaríamos el Estado que dirima nuestros conflictos. Así
lo expresó la epístola a los Gálatas 3: 28 de Pablo: “Ya no hay judío ni
griego, no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.
Es el cielo en la tierra.
Sin embargo,
como decía Antonio Gramsci, “La progresividad de las hegemonías no aparece
garantizada de antemano”. Las identidades de sujeto que la izquierda dio a sus
hegemonizados se rompen fácilmente. Eso fue lo que sucedió en Chile con la
reacción de los indios mapuche contra la izquierda y el rechazo de la nueva Constitución.
Solo los
ingenuos o mal informados creen en la paz total.
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