La izquierda,
organización política y económica de carácter internacional, tiene dos caras.
Una amable, seductora, limpia, plagio burdo de la sociedad democrática que es
usada para engañar a sus eventuales electores, en especial aquellos grupos o
etnias incluidos en su proyecto hegemónico: indígenas, intelectuales, feminismo
radical, la comunidad LGBTIQ+, campesinos, estudiantes adoctrinados,
ecologistas y artistas.
En ese grupo
ya no se incluye a los obreros o a los sindicatos aburguesados que solo luchan
por sus intereses particulares. En el Acuerdo de paz no fueron incluidos los asalariados
porque ya no son sujetos revolucionarios, aunque parece que la ministra de
Trabajo no se ha enterado y sigue proponiendo reformas para beneficiarlos; son
menos del 6 por ciento de los trabajadores formales. No le importan a la ministra
el 94 por ciento de los trabajadores no sindicalizados ni el total de los
informales. No se imagina que incrementando el valor de la nómina, que al final
pagaremos los ciudadanos, aumentará el desempleo, la inflación y el hambre.
La otra cara
de la izquierda es perversa, oculta, cínica, maliciosamente utilizada sin que
la mayoría de los ciudadanos, seguidores o no, puedan identificar sus
intenciones. Es la cara terrorista y asesina de la Primera Línea de cocaleros,
mercenarios, estudiantes encapuchados, grupos guerrilleros con el mismo
objetivo de tomar el poder; organizaciones indígenas cuyos dirigentes son
títeres de los líderes de la izquierda; organizaciones mafiosas que obligan a
los campesinos de sus zonas a votar por la izquierda, con la garantía de que no
habrá glifosato, el peor enemigo de su negocio.
La Primera
Línea es financiada con dinero sucio procedente de criminales, Gustavo Bolívar,
guerrillas y gobiernos extranjeros (unidos a la izquierda por razones económicas
o geopolíticas). Los encargados del engaño de la Primera Línea son los payasos
estudiantes que cantan y bailan antes de que los encapuchados cumplan la orden
de asesinar policías, según cuenta la revista Semana.
Cuando la
izquierda se pone la cara limpia y sonriente, obedece a una estrategia que sus
ideólogos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe llamaron desde 1985 “la
radicalización de la democracia”. Dicen cosas hermosas de los derechos humanos;
se emocionan exaltando los derechos femeninos, pero no cuentan que su objetivo
es destruir la familia, tal como quedó consignado en el Art. 10 del proyecto de
la nueva Constitución chilena, rechazada por un pueblo que despierta.
A los
indígenas los emocionan con la posibilidad de recuperar las tierras que les “arrebataron”
desde 1492. A los pobres les prometen subsidios pagados por los ricos; pero no
les cuentan que la reforma tributaria bajará la inversión, aumentará el desempleo,
la inflación y el hambre. Eso no le importa al Gobierno porque la filósofa ministra
de Minas dijo que se está apostando a un decrecimiento de la economía para
proteger el Planeta, aunque millones de colombianos mueran de hambre o tengan
que emigrar como más de 7,5 millones de venezolanos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario