martes, 6 de septiembre de 2022

LAS DOS CARAS DE LA NUEVA IZQUIERDA

 

La izquierda, organización política y económica de carácter internacional, tiene dos caras. Una amable, seductora, limpia, plagio burdo de la sociedad democrática que es usada para engañar a sus eventuales electores, en especial aquellos grupos o etnias incluidos en su proyecto hegemónico: indígenas, intelectuales, feminismo radical, la comunidad LGBTIQ+, campesinos, estudiantes adoctrinados, ecologistas y artistas.

En ese grupo ya no se incluye a los obreros o a los sindicatos aburguesados que solo luchan por sus intereses particulares. En el Acuerdo de paz no fueron incluidos los asalariados porque ya no son sujetos revolucionarios, aunque parece que la ministra de Trabajo no se ha enterado y sigue proponiendo reformas para beneficiarlos; son menos del 6 por ciento de los trabajadores formales. No le importan a la ministra el 94 por ciento de los trabajadores no sindicalizados ni el total de los informales. No se imagina que incrementando el valor de la nómina, que al final pagaremos los ciudadanos, aumentará el desempleo, la inflación y el hambre.

La otra cara de la izquierda es perversa, oculta, cínica, maliciosamente utilizada sin que la mayoría de los ciudadanos, seguidores o no, puedan identificar sus intenciones. Es la cara terrorista y asesina de la Primera Línea de cocaleros, mercenarios, estudiantes encapuchados, grupos guerrilleros con el mismo objetivo de tomar el poder; organizaciones indígenas cuyos dirigentes son títeres de los líderes de la izquierda; organizaciones mafiosas que obligan a los campesinos de sus zonas a votar por la izquierda, con la garantía de que no habrá glifosato, el peor enemigo de su negocio.

La Primera Línea es financiada con dinero sucio procedente de criminales, Gustavo Bolívar, guerrillas y gobiernos extranjeros (unidos a la izquierda por razones económicas o geopolíticas). Los encargados del engaño de la Primera Línea son los payasos estudiantes que cantan y bailan antes de que los encapuchados cumplan la orden de asesinar policías, según cuenta la revista Semana.

Cuando la izquierda se pone la cara limpia y sonriente, obedece a una estrategia que sus ideólogos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe llamaron desde 1985 “la radicalización de la democracia”. Dicen cosas hermosas de los derechos humanos; se emocionan exaltando los derechos femeninos, pero no cuentan que su objetivo es destruir la familia, tal como quedó consignado en el Art. 10 del proyecto de la nueva Constitución chilena, rechazada por un pueblo que despierta.

A los indígenas los emocionan con la posibilidad de recuperar las tierras que les “arrebataron” desde 1492. A los pobres les prometen subsidios pagados por los ricos; pero no les cuentan que la reforma tributaria bajará la inversión, aumentará el desempleo, la inflación y el hambre. Eso no le importa al Gobierno porque la filósofa ministra de Minas dijo que se está apostando a un decrecimiento de la economía para proteger el Planeta, aunque millones de colombianos mueran de hambre o tengan que emigrar como más de 7,5 millones de venezolanos.

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