martes, 20 de septiembre de 2022

ASÍ SE CREA UNA DICTADURA

 

Tal vez la mayoría de los colombianos no se han percatado de las modificaciones que ha sufrido el proyecto comunista en los últimos cuarenta años, motivo por el cual no logran comprender los eventos políticos que se vienen presentando con el actual gobierno en el marco del ascenso al poder de la izquierda en otros países latinoamericanos.

Desde su nacimiento, a mediados del siglo XIX, el marxismo buscaba establecer una “dictadura del proletariado”, pero realmente era la dictadura de un pequeño grupo de intelectuales en nombre de los trabajadores, aunque estos nunca fueron consultados. Religiones, partidos y guerrillas se ha atribuido la representación del pueblo, demagogia para obtener votos, apoyo o sumisión.

Por diversas razones, en particular por el fracaso comunista en la URSS y en la China de Mao Zedong, los ideólogos revolucionarios cambiaron la vieja teoría de Carlos Marx por otra que se conoce como la Teoría Hegemónica.

Mediante el control de la educación y la cultura, la nueva izquierda se gana para su causa a diversos grupos u organizaciones, ya no de asalariados, con el propósito de tomar el Estado por medio de elecciones para luego convertirse en una dictadura, tal como lo hemos visto en Argentina, Nicaragua y Venezuela. Esas organizaciones o grupos cooptados, controlados o hegemonizados son: indígenas, estudiantes, guerrillas, ecologistas, feministas radicales con enfoque de género, campesinos, maestros e intelectuales.

En principio, su gobierno, ganado en las urnas y en las redes sociales corriendo los límites de la ética, tiene dos opciones. Una, utilizar los precios altos del petróleo o de otro mineral para financiar su populismo; pero si el país está en crisis económica o no hay petróleo suficiente, hace una reforma tributaria y confisca los ahorros de los fondos de pensiones para obtener los dineros necesarios para los subsidios que prometió a los grupos que le dieron su voto. Con los subsidios “compra” los votos de los pobres en sucesivas reelecciones para luego asumir la dictadura. O el dictador es sucedido por su esposa bailarina o un familiar (Argentina, Cuba).

Esta fase hegemónica se denomina también “Radicalización de la Democracia”. Para ello, el presidente convoca una asamblea constituyente, como la chilena, para consagrar todo tipo de derechos “sociales”, no humanos o fundamentales. Estos últimos se reconocen a todo ser humano por el hecho de existir; en cambio los “sociales” crean privilegios para quienes son mujeres (paridad en puestos), indígenas (invasiones), enfermos mentales (“neurodiversos” los llama el Art. 29 de la rechazada Constitución chilena), campesinos (Reforma Rural), géneros no binarios (Art. 10, CN de Chile), etc.

Para el dictador, mientras más mediocres sean sus funcionarios o subalternos, mejor. Obvio. El proyecto se empieza a desbaratar cuando algunos de esos hegemonizados se dan cuenta de la trampa y renuncian, como los mapuches en Chile. Además, ese proyecto hegemónico, basado en la filosofía posmoderna, es imposible e impensable, como lo explicaré en otras columnas

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