Tal vez la
mayoría de los colombianos no se han percatado de las modificaciones que ha
sufrido el proyecto comunista en los últimos cuarenta años, motivo por el cual
no logran comprender los eventos políticos que se vienen presentando con el
actual gobierno en el marco del ascenso al poder de la izquierda en otros
países latinoamericanos.
Desde su
nacimiento, a mediados del siglo XIX, el marxismo buscaba establecer una “dictadura
del proletariado”, pero realmente era la dictadura de un pequeño grupo de intelectuales
en nombre de los trabajadores, aunque estos nunca fueron consultados. Religiones,
partidos y guerrillas se ha atribuido la representación del pueblo, demagogia para
obtener votos, apoyo o sumisión.
Por diversas
razones, en particular por el fracaso comunista en la URSS y en la China de Mao
Zedong, los ideólogos revolucionarios cambiaron la vieja teoría de Carlos Marx
por otra que se conoce como la Teoría Hegemónica.
Mediante el
control de la educación y la cultura, la nueva izquierda se gana para su causa
a diversos grupos u organizaciones, ya no de asalariados, con el propósito de
tomar el Estado por medio de elecciones para luego convertirse en una dictadura,
tal como lo hemos visto en Argentina, Nicaragua y Venezuela. Esas
organizaciones o grupos cooptados, controlados o hegemonizados son: indígenas,
estudiantes, guerrillas, ecologistas, feministas radicales con enfoque de
género, campesinos, maestros e intelectuales.
En principio,
su gobierno, ganado en las urnas y en las redes sociales corriendo los límites
de la ética, tiene dos opciones. Una, utilizar los precios altos del petróleo o
de otro mineral para financiar su populismo; pero si el país está en crisis
económica o no hay petróleo suficiente, hace una reforma tributaria y confisca
los ahorros de los fondos de pensiones para obtener los dineros necesarios para
los subsidios que prometió a los grupos que le dieron su voto. Con los
subsidios “compra” los votos de los pobres en sucesivas reelecciones para luego
asumir la dictadura. O el dictador es sucedido por su esposa bailarina o un
familiar (Argentina, Cuba).
Esta fase
hegemónica se denomina también “Radicalización de la Democracia”. Para ello, el
presidente convoca una asamblea constituyente, como la chilena, para consagrar
todo tipo de derechos “sociales”, no humanos o fundamentales. Estos últimos se
reconocen a todo ser humano por el hecho de existir; en cambio los “sociales”
crean privilegios para quienes son mujeres (paridad en puestos), indígenas
(invasiones), enfermos mentales (“neurodiversos” los llama el Art. 29 de la
rechazada Constitución chilena), campesinos (Reforma Rural), géneros no
binarios (Art. 10, CN de Chile), etc.
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