Francis Fukuyama siguió las teorías del filósofo alemán G. W. F. Hegel en su libro El fin de la historia y el último hombre, publicado luego de la caída del marxismo y del Muro de Berlín (1989), con el propósito de mostrar que no es posible un gobierno mejor que la democracia. Después de la democracia desaparecería la especie humana o regresaría a su condición animal. La humanidad asiste hoy al cumplimiento de ese pronóstico.
Dos instituciones daban sentido a nuestras vidas: la religión y la familia. Ambas se encuentran en crisis por el crecimiento del ateísmo y el avance rápido de nuevas formas de sexualidad, distintas a la heterosexualidad. En pocos años pasaremos a una sociedad heterofóbica y al incendio de las iglesias.
La OEA acaba de emitir una resolución para rechazar la persecución del clero y la destrucción de las iglesias en Nicaragua. Ese país y el régimen ateo de Gustavo Petro fueron los únicos que no firmaron la resolución. Sin embargo, los cristianos no saldrán a las calles a protestar, lo que sin duda será un estímulo para que otros países gobernados por la izquierda imiten el régimen de Daniel Ortega.
Por todas partes aparecen signos del fin de la especie humana, pero solo pensamos en vivir sabroso y en la legalización de las sustancias psicoactivas. Estamos a las puertas de una guerra nuclear; el calentamiento global hará inhabitable nuestro planeta en pocas décadas. El proyecto del Partido Comunista Chino es destruir la democracia para establecer una dictadura socialista mundial hacia el año 2050; 17 países africanos han sido “comprados” por China mediante enormes préstamos impagables; bandas criminales dominan amplios territorios en África y Latinoamérica.
Rusia amenaza las democracias europeas, tiene en Venezuela su mejor aliado en Latinoamérica, y la dictadura de Petro se une a ese eje mafioso y fascista. El capitalismo tardío ha creado la cultura del emprendimiento como nueva forma de dominación. En las redes sociales desaparece el “otro”, soporte fundamental de la religión, la familia y la democracia. Los votos individuales ya no eligen los gobiernos, sino las mentiras de las redes sociales y el voto de los indígenas adoctrinados por la izquierda o el ordenado por organizaciones criminales.
La tecnología ha descubierto nuestra condición de algoritmos. Ya no somos personas. No somos humanos. Nos identificamos con una mascota para eludir el compromiso amoroso con otro humano. Retornamos al paraíso animal de donde salimos cuando bajamos de los árboles e inventamos la palabra.
En pocos años, nuestra organización familiar desaparecerá para ser sustituida por otras formas convivencia y nuevas perversiones sexuales; se legalizarán la pedofilia y el incesto. La inseguridad será total en nuestras calles y, en lugar de enseñarles a los hijos el respeto y la dignidad del otro, los entrenaremos para desenfundar rápido, tal como lo imaginó Yuval Noah Harari.
Nota: en próximas columnas continuaré “El trino de Uribe”.
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